Jorge Eduardo Arellano
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Los acontecimientos políticos derivados de la coyuntura electoral han puesto de nuevo en la agenda pública el tema de la profesión del periodismo, y los riesgos que asumen los hombres y las mujeres de prensa, para lograr la cobertura de los hechos que se suceden cotidianamente.

Sectores de uno y otro bando, desbordados por la pasión política han convertido a los periodistas en blanco inútil e injustificado de su cólera partidaria, poniendo en grave riesgo su integridad física y obstaculizando de manera consciente su tarea informativa.

En la época en la que la palabra es sustituida por la pedrada, los periodistas se encuentran en medio de una batalla campal en la que las calles, al final, no son de nadie.

En esa espiral de violencia que ha desbordado, incluso, los roles institucionales de la Policía, hemos sido testigos de agresiones directas contra los profesionales de la información en una expresión extrema de la pérdida de toda racionalidad y de toda cordura. Es como si los hechos pudiesen ser sepultados, obligando a los periodistas a restringir su cobertura bajo el riesgo de su seguridad o de su vida.

Así, periodistas simpatizantes del gobierno, y periodistas independientes han sido objeto de esta particular expresión de hostilidad, emanada del sector de turno con el que se encuentran en una esquina o en una rotonda, y el cual, los identifica automáticamente como “enemigos” por el solo hecho de pertenecer a uno o a otro medio de comunicación identificado de previo, y clasificado dentro de la categoría simplista de los “adversarios”.

Con algunas excepciones sobre las que no tiene objeto detenerse, los periodistas sin embargo insisten en cumplir con su tarea, quizás porque tienen conciencia de la urgencia histórica de que la realicen a cabalidad.

Ahí, donde los políticos nos mienten, ahí donde los dirigentes nos ofrecen su versión, ahí donde los personajes públicos nos venden mitos y fantasías disfrazadas de verdad, los periodistas desencadenan el contraste, ofrecen y exhiben hechos incuestionables, desenmascaran la falsedad inútil de los discursos, deshacen el algebra engañosa de las justificaciones y exhiben en toda su miseria, la razón de la sinrazón. Por eso se vuelven insoportables para aquellos que nos exigen conformarnos con “la realidad“ que les debemos comprar a toda costa, y a cualquier precio, aunque sea grotesca o ilegítima.

Es cierto que no siempre los periodistas tienen la razón y que incluso cuando se equivocan difícilmente lo reconocen, pero es preferible pagar ese costo, que el de no tener más versiones que la versión “oficial” de los hechos, venga de donde venga. El ejercicio de la libertad exige la práctica del debate, de la discusión pública y abierta, de la polémica diaria y del análisis permanente de los acontecimientos. Por eso es vital que el periodismo se reconozca siempre a sí mismo, como un fiel de la balanza en la que el contraste y la comparación de las visiones y las actitudes de los protagonistas políticos y sociales constituye un insumo vital para la convivencia de la sociedad y para la tolerancia entre nosotros.

Cuando agredimos físicamente a un periodista bajo el pretexto de la defensa de nuestras banderas, envilecemos toda causa que decimos abrazar y nos revelamos en toda la miseria y toda la pobreza de nuestra estatura humana.

En estos días difíciles, confiemos en que la cordura vuelva a nuestros corazones, y dejemos que aquellos hombres y mujeres, realmente dedicados a la búsqueda de la verdad, hagan su trabajo, para el beneficio de todos.