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“Me llamo Johnny y tengo 19 años. Crecí con mi madre y mi padre, aunque hace poco se separaron porque él tenía una mujer más joven. Cuando mi papá llegaba borracho, mi mamá se ponía a reclamarle y a mí no me gustaban esos pleitos.

El caso de ellos fue a la Comisaría y mi papá ganó la custodia de los hijos, porque le ayudó que, aunque mi madre fuera una buena ama de casa, no trabajaba, mientras que él si podía mantenernos. Mi mamá se quedó triste con esa resolución y se fue a vivir a otro barrio, y eso a mí no me gustó.

Desde mediados del año pasado, empecé a salir a la calle para no estar escuchando los problemas que había entre mi mamá y mi papá, y a sí me fui metiendo en una pandilla de chavalos que iban a pelear a pedradas o con armas hechizas contra los jóvenes de otros barrios. Cuando regresaba a mi casa, me encontraba a mi mamá furiosa y me agarraba a fajazos o con lo primero que agarraba.

Una vez, en esos pleitos, unos muchachos de otra pandilla le lanzaron una pedrada a un amigo mío y como siete de mi grupo corrimos a buscarlos, pero ellos ya se habían ido y nos quedamos con las ganas de vengarnos. Al día siguiente, al volver del colegio vi que se había armado otra vez el pleito y al ir a meterme, me hirieron con un arma hechiza en el brazo. Al principio no me di cuenta y seguí peleando hasta que llegó la Policía. Entonces me fijé que me habían herido. Fui al hospital y me sacaron un charnel, pero otro me quedó alojado en el brazo.

En enero de este año, estaba viendo televisión en mi casa cuando se oyeron rumores de que había un enfrentamiento. Salí con mi tiradora y un chavalo de otra pandilla me disparó, y me alcanzó de nuevo con varios charneles en el cachete y en la frente. Yo caí desmayado y desperté en el hospital. Perdí dos dientes y dos charneles más me quedaron alojados en el cráneo y la mandíbula.

En el hospital, me puse a pensar que a los 19 años había botado toda mi vida y decidí cambiar. Conocía desde hacía tiempo a las sicólogas del Ceprev que llegaban a mi barrio, pero nunca había aceptado las invitaciones a sus talleres. La siguiente vez acepté y ahí aprendí por qué los jóvenes actuamos violentamente y cómo nos preparan desde niños para la violencia, porque ser violentos es “tuani” y pelearse es ser muy hombres, sin medir las consecuencias.

Después del taller le perdí el interés a los pleitos y decidí seguir estudiando en el colegio. Hace poco el Ceprev me dio una beca para aprender computación y voy a comenzar pronto las clases. También quiero terminar la secundaria y comenzar la universidad.

El taller me sirvió también para aceptar la separación de mis padres, porque ellos ya están comprometidos con otras parejas. Ahora me llevo mejor con mi madrastra y mi padrastro, aunque no acepto a mi cuñado porque es drogadicto y mucho maltrata a mi hermana. También mi hermano le hace a las drogas, ya que es demasiado fácil conseguirlas. De diez chavalos de mi barrio, quizás solo dos no consumen y eso antes no era así. Ahora hay expendios por todas partes y la droga es como una epidemia.

A pesar de eso, en mi barrio las pandillas se han calmado y ya no se agarran tan seguido. Hay un joven que es promotor del Ceprev y sus consejos me han ayudado mucho. Creo que es importante que los jóvenes que han cambiado ayuden a otros jóvenes a dejar la violencia.

Siento que el Señor me dio otra vida para seguir adelante y voy a responderle ayudando a otros jóvenes a superarse. Ahora solo pienso en estudiar y en prepararme para ser un buen trabajador más adelante. Mi papá me decía cuando era niño que no me dejara pegar de nadie y que respondiera los golpes, pero ahora me dice que está bueno que me haya alejado de las pandillas, porque puede dormir más tranquilo. Antes yo miraba que se despertaba a cada rato pensando que me podían herir o matar y eso era cierto, porque más de una vez casi me matan”.

 

(La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio).