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A inicios de año, Juan Alberto, mi hermano mayor, me preguntó sobre la situación en Siria y le respondí, con franqueza, que no podía explicarle, porque lo que un día estuvo muy claro para mí, de que gran parte del pueblo se había rebelado contra el autoritarismo de Bachar Al- Asad, se había vuelto confuso, ambiguo y complejo, debido a la irrupción de varios grupos rebeldes. Entonces él replicó que yo era periodista y que debía saber. Pero no sabía.

El panorama se ha ido perfilando lentamente y está más complicado que nunca. Además de los rebeldes (llamados “moderados” por Washington), identificados como Ejército Libre Sirio (ELS) y del Frente Islámico Sirio, que agrupan a muchos de los luchadores iniciales contra el gobierno criminal que llenó de gas mortífero a su propio pueblo, están: los peshmergas kurdos, el grupo Jorasán --integrado por veteranos de Al Qaeda, pero sin subordinarse a esta--, el Frente al Nusra --representante oficial de Al Qaeda en Siria-- y los extremistas ultrarradicales del Estado Islámico. Y un mil grupos más, en una dispersión asombrosa, cada uno con su nombre y su propia bandera.

Tan solo hace unos cuantos meses, el mundo contempló con asombro cómo una fuerza inusitadamente extremista se iba apoderando de grandes extensiones de territorio en Irak y Siria, y anunciaba la creación de un califato, de un nuevo país o Estado, controlado por el llamado Estado Islámico, integrado por suníes yihadistas que arrasaron con centenares de pueblos donde sometieron al horror a quienes no aceptaban sus ideas. Miles fueron degollados, incluso hubo crucificados y ejecuciones masivas.

Pero la atención de las potencias occidentales no los enfocó sino cuando empezaron a decapitar a sus periodistas. El martes pasado, Estados Unidos comenzó los primeros bombardeos a posiciones yihadistas en Siria, continuando el miércoles con otro ataque, esta vez con el concurso de cuatro países árabes, sobre doce pequeñas refinerías que producían dos millones de dólares diarios a los exacerbados terroristas. En Irak, Washington inició sus arremetidas el 8 de agosto, contabilizando ya cerca de 200 misiones.

Siria se adhirió en octubre pasado a la Convención de Armas Químicas, para impedir que Estados Unidos le hiciera la guerra, y se ha deshecho de su arsenal químico, aunque hace unos días la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ) detectó que el régimen de Bachar Al-Asad estaba usando gas cloro. En ese entonces, Washington estuvo a unos pasos de la guerra.

De haber derribado EE.UU. a Bachar Al-Asad, ¿quién hubiera tomado el poder? ¿Los suníes del Estado Islámico habrían controlado más territorio, estarían más fuertes que ahora? Nadie lo sabe, pero si la respuesta fuera positiva, la decisión del presidente Barack Obama de no ir a la guerra contra Siria, que en ese entonces sus rivales republicanos interpretaron como debilidad, habría sido un gran acierto.

Por otro lado, ahora Obama está atrapado en la paradoja de estar atacando militarmente a parte de las fuerzas que intentan derrocar al régimen sirio, como son los del Estado Islámico, y los de Jorasán, que sufrieron este martes un bombardeo en el que podría haber muerto su líder, el kuwaití Mohsin al Fadhli, quien fuera confidente de Osama Bin Laden. La estrategia de Washington trata de debilitar a los extremistas sunitas, mientras intentan fortalecer a los rebeldes no vinculados a Al Qaeda.

La cruzada contra el macabro Estado Islámico se robusteció el miércoles pasado cuando, en un hecho singular, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas votó por unanimidad (15-0) la resolución No. 2178, para tratar de evitar la masiva incorporación de combatientes a las fuerzas terroristas. Más de quince mil combatientes extranjeros de ochenta países se han integrado recientemente, dos mil de ellos de Europa. ¿Cuál es el encanto de estos paladines del terror, que los atrae como el panal a la abeja? Este es uno de los indicadores de cuán desquiciada está una parte del mundo en la actualidad.

 

cortesdominguezguillermo@gmail.com