Jorge Eduardo Arellano
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Ayer, un amigo abogado me contó la historia de otro abogado. (Dicen que ni a los escritores ni a los abogados hay que creerles mucho, pero yo al menos me fío de unos cuantos). Pues aquel del que me contaba su historia era de origen belga y había sido uno de los que había trabajado más a fondo en la causa de las víctimas del genocidio en Ruanda (aquella orgía de sangre que ocurrió en 1994, cuando mataron a filo de machete a más de ochocientas mil personas). Pues bien, este abogado, después de revisar testimonio a testimonio las huellas de aquella violencia atroz, se embebió de tal modo de ellas, que llegó a comprender, digo bien, comprender, a los asesinos que perpetraron aquel genocidio, la mayoría de origen “hutu”.

No se trataba de que el abogado los justificara, ni mucho menos disculpara, sino que él había interiorizado tanto la ruta en la que un hombre o una mujer se convierte en un salvaje que llegó a la conclusión, no por obvia, menos escalofriante, que él, en circunstancias parecidas podría convertirse en uno de esos asesinos. Más tarde se ha pasado la vida explicando en multitud de conferencias la facilidad con la que una persona puede llegar a odiar a otra. Según argumenta, uno ve un rostro de un vecino, se familiariza con él, siente más o menos simpatía, y convive con ese rostro al que le da los buenos días, y hasta lo echa en falta si no se cruza con él una tarde por la calle en que acostumbra a mirarlo. Tras unos años, alguien con poder, autoridad, le viene a contar las sombras de la historia de esa persona, y sin que nuestro personaje llegue a contrastar esas informaciones, el rostro amigo con el que se cruza empieza a sufrir una ligera transformación. El abogado hacía este experimento con algún asistente en la sala y le decía: “Yo me he fijado en usted al entrar, le he estado mirando mientras hablaba, y alguien de pronto me ha dicho que usted es mi enemigo, y que está aquí para matarme”. La reacción que provocaba en el público era de un cierto pánico, o de estupor cuando menos. Un tipo que se había enloquecido después de tener que estudiar los detalles del horror. Sin embargo, un tipo como usted y como yo, tan bueno y tan malo.

Esa historia del rostro, primero entrañable y después temido, es muy cercana a nosotros. La gente, nuestra propia gente apostada en las rotondas, o en las manifestaciones, armadas de todo para golpearse entre unos y otros, convertidos en enemigos a muerte de la noche a la mañana. A unos y a otros les han dicho que los contrarios les quieren robar algo, nuestra propia gente está siendo aleccionada para el miedo. No hay cosa que saque más afuera la violencia de una persona que el propio miedo. En el germen de muchos conflictos civiles recientes existía, como se ha podido comprobar después, una campaña estudiada y sistemática de convencer a un grupo grande de población que la mejor manera de defenderse de un posible enemigo era atacarlo, aunque ese enemigo durmiera cerca de nosotros (y nosotros sin saberlo). Para las autoridades de un país, no hay peor enemigo que el que piensa diferente, y a ése es al que hay que atacar, o defenderse de él, sin darle tregua. Y si no se le tiene miedo, el miedo hay que crearlo. Sobran ejemplos.

Da tristeza comprobar que muchos de los que nunca fueron precisamente de clases trabajadoras, hablen ahora de lucha de clases para facilitar que la gente se arme, y la tristeza es aún mayor cuando la gente les escucha. Da tristeza comprobar el silencio de las autoridades, el silencio que juega, que se inmiscuye, que articula en secreto y en sombra. A eso sí que hay que temerle.

¿Quieren un muerto? Los que animan a llevar armas quieren un muerto. No es para defenderse. Alguien quiere la sangre del otro. Y acá no se trata de un solo partido, sino de intereses que se mueven desde el poder de la presidencia hasta las autoridades de partidos de la oposición. Si el sábado pasado preguntábamos por la niña de ocho años que según denunciaron había recibido un balazo, luego supimos que nadie pudo confirmar ese hecho, y hasta el momento, ni siquiera una disculpa de quien publicó semejante infundio. Un comisionado de la Policía, a quien agradezco la información, me confirmó que ese balazo y esa niña no existieron.

¿Quién quiere el muerto? ¿Quién quiere este juego del odio? ¿Quiénes están detrás de esta intención criminal de azuzar a un pueblo a tomarse las calles? ¿Quién nos condena a repetir los horrores?
Hemos de admitir que, al igual que el abogado, usted y yo, en una circunstancia determinada también nos podemos tener miedo el uno al otro, hacer caso de los chismes que nos contaron, remover las heridas del pasado y mirarnos como a monstruos. Usted y yo, que antes éramos conocidos, y hasta amigos, imagínese. Hay que tener cuidado. En cualquier caso, creo que era Francisco de Asís al que se le atribuyó aquella frase que para mí no es un consuelo, sino una verdad: “Un hombre puede ser capaz de lo más horrible, del acto más atroz, y exactamente el mismo hombre, puede realizar al instante lo más maravilloso del mundo, lo más hermoso que se pueda imaginar. El mismo hombre. Por eso, no hay que tenerle miedo.”

franciscosancho@hotmail.com