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Lo primero que me llama la atención es el tono de su celular. Es una canción cristiana invitando al Espíritu Santo, que revolotea en el aparato hasta que él atiende. Al comienzo uno cree que se equivocó de número y que le ha salido un pastor evangélico o un católico devoto. Hasta que una voz segura y amable te responde: ‘Buenos días, aquí habla el doctor José Ángel Montiel, ¿en qué puedo atenderle?’. Le respondí que quería una cita y me remitió con su asistente, no sin antes decirme que con mucho gusto me atendería.

No cabe duda que su carta de presentación en el teléfono es seductora. Uno siente que está hablando con una persona que transmite seguridad y confianza. Y, efectivamente, mi primera cita con él fue una experiencia que superó mis expectativas. Aclaro que no soy su amigo. Soy apenas su paciente y su vecino. Pero cambió mi diagnóstico que tengo sobre los médicos.

Hace catorce años, cuando visité a un cardiólogo por primera vez, mi experiencia fue aterradora. Salí infartado del lugar. Fue un encuentro con la muerte, con un verdugo disfrazado de médico que me había llevado a la horca. Fui creyendo en su hoja de vida y me equivoqué. Su fama trascendía fronteras. No diré su nombre por obvias razones. Pero estaba ante un comerciante de la medicina. Ni siquiera se tomó la molestia de preguntarme mi historial clínico. Me quedaba viendo de pies a cabeza como si fuera un animal raro. Después de tomarme varias veces la presión y auscultarme el pecho, me dijo: “Si usted sigue subiendo de peso, es candidato a sufrir un infarto”. Esta advertencia me dio el tiro de gracia. Pensé: ¿a cuántos prójimos habrá enviado este doctor al cementerio con este mismo diagnóstico?

Luego miró su reloj "no sabía que cobraba por minutos– y me despachó recetándome un arsenal de medicamentos y ordenándome una dieta a pan y agua. Su secretaria, tan fría como él, me dijo que llegara en un mes y me cobró sus honorarios. Salí de su consultorio casi desahuciado, listo para despedirme de mis seres queridos. Confieso que a pesar de ser un verdugo, me convertí deliberadamente en una de sus víctimas. Y fui un paciente masoquista por mucho tiempo. Hasta que busqué un cambio.

Sin embargo, con el doctor Montiel todo fue diferente. Me preguntó sobre mi historial clínico, conversamos de la obesidad y sus demonios; y de repente las fronteras entre el médico y el paciente desaparecieron para dar paso al hombre y sus problemas. En ningún momento lució preocupado por el tiempo y por los pacientes que lo estaban esperando. Escuchó mis locuras hipocondríacas, luego me invitó a tomarme la presión y lo hizo varias veces, hasta que me dijo: “Usted es hipertenso, pero no se preocupe, eso lo vamos a solucionar. Usted está lleno de vida". Qué diferencia.

No me predijo un infarto ni un derrame cerebral. Ni siquiera me habló de la muerte. Me animó a seguir viviendo y a tener fe en Dios, en mí mismo y en la medicina. Y vi por un momento al médico en su faceta humana, inyectándote optimismo, larga vida y prosperidad.

Ambas experiencias me han servido para poder distinguir a un verdadero médico de un comerciante. En Nicaragua, la mayoría de los profesionales de la medicina son comerciantes. Conozco médicos que han convertido la salud en una mercancía privada. En un negocio al que tienen acceso solo los ricos. Los veo construyendo grandes empresas para sus clientes. Mientras tanto, mucha gente en la calle, indigente, no tiene acceso siquiera a medirse la presión arterial o el azúcar, porque en los centros de salud no hay suficientes aparatos para satisfacer las demandas.

No hay duda de que la ética de los médicos está en crisis. La tecnología los ha vuelto empresarios. En Nicaragua hay buenos médicos, pero su dios es el dinero. Su lema pareciera ser “Quien tiene plata que se cure, quien no tiene que se muera”.

Por eso, cuando fui a consulta con el doctor Montiel, me encontré con el clásico médico humanista, estudioso, competente, pero sobre todo, sensible a los problemas de sus pacientes. Es un médico a la antigua, pendiente de sus enfermos y estoy seguro que todas las noches reza por ellos, para que se curen, para que tengan vida y la tengamos en abundancia. Bienvenido a la medicina, doctor Montiel.

 

felixnavarrete_23@yahoo.com