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BERKELEY
Durante más de 170 años se aceptó la doctrina de que no debe confiarse en los mercados cuando existe una restricción de liquidez. Cuando caen los precios de los activos, incluso los que son seguros, y suben las tasas de interés a niveles estratosféricos porque operadores y financistas en conjunto quieren más activos líquidos de los que existen actualmente, sencillamente no es seguro dejar las cosas en manos del mercado.

En un momento así, los bancos centrales deben intervenir y fijar el precio de la liquidez a un nivel razonable -hacer que sea un precio centralmente planificado y administrado- en lugar de dejarlo oscilar libremente en respuesta a la oferta y la demanda del sector privado. Ésta es la doctrina del “prestador de último recurso”.

Durante más de la mitad de ese tiempo -digamos, 85 años- se aceptó la doctrina de que tampoco debe confiarse en los mercados ni siquiera en tiempos normales, a menos que hacer eso derivara en una restricción de liquidez o en una burbuja inflacionaria. Así las cosas, los bancos centrales deben fijar el precio de la liquidez en el precio de mercado un día sí y un día no.

Según los seguidores de Knut Wicksell, el banco central debe mantener la tasa de interés de mercado cerca de la tasa de interés natural. No, dijeron los seguidores de John Maynard Keynes, debe compensar las oscilaciones en los espíritus animales empresariales para estabilizar una demanda adicional. Por el contrario, dijeron los seguidores de Milton Friedman, debe mantener estable la tasa de crecimiento ajustada por velocidad de la masa de dinero. Por cierto, si uno hace alguna de estas cosas, las ha habrá hecho todas, ya que son tres maneras de describir lo que, en el fondo, es la misma tarea y la misma realidad.

En consecuencia, mientras la democracia social, los lineamientos gubernamentales y la planificación centralizada se intensificaban y se desvanecían en otras partes de la economía, la democracia social en las finanzas de corto plazo marchaba viento en popa. Primero, los bancos centrales suspendieron las reglas del libre mercado en momentos de restricción de liquidez. Luego fijaron el precio de la liquidez como un precio administrado en tiempos normales. Luego se liberaron de todo excepto del contacto más ligero con sus maestros políticos: se volvieron tecnócratas independientes, un sacerdocio monetario que hablaba en términos incomprensibles para los simples mortales.

La justificación para este sistema fue que parecía funcionar bien -o al menos no tan mal como la banca central que adhería ciegamente al patrón oro o directamente ninguna banca central-. Esta isla de planificación central en medio de la economía de mercado era una característica extraña y desconcertante -mucho más porque pocos se daban cuenta de lo extraña que era-. No hubo pedidos de una regla de 5% de crecimiento en kilovatios-horas como sí hubo pedidos de una regla de 5% de crecimiento de M2. No existía una Junta Federal de Automóviles que fijara el precio de los vehículos de la misma manera que la Junta de la Reserva Federal fijaba el precio de los fondos federales.

Pero ahora parece que, a pesar de todo esto, todavía no hemos tenido suficiente planificación central en las finanzas. Porque, aunque la autoridad de la banca central administrara el precio de la liquidez, el precio del riesgo quedaba a merced del mercado. Y es justamente el precio del riesgo lo que originó nuestra zozobra actual.

No es que la economía mundial enfrente una restricción de liquidez. Lejos de ello: las notas del Tesoro de Estados Unidos a dos años con un valor nominal de 1.000 dólares le representarán $998 en efectivo -el precio de liquidez más bajo desde la Gran Depresión y Japón en los años 1990
Sin embargo, las primas de riesgo sobre activos que no sean del Tesoro han aumentado a niveles casi increíbles: la prima de tasa de interés anual por tener un CD emitido por un banco privado ahora está en cinco puntos porcentuales. Y es el aumento en las primas de riesgo lo que amenaza con hundir a la economía global en una recesión profunda, y con hacer que los mercados financieros pasen de ser un espectáculo de alegría malsana en una causa maligna de desempleo y de fábricas ociosas en todo el mundo.

La Reserva Federal de Estados Unidos, el Tesoro de Estados Unidos, el Banco Central Europeo, el Banco de Inglaterra y otras entidades públicas de regulación financiera se están viendo forzadas a expandir aún más sus roles. El Tesoro y la Reserva Federal están agregando acciones preferenciales a los balances de los gigantes hipotecarios norteamericanos Fannie Mae y FHLBC, y de la gigantesca aseguradora AIG con la esperanza de apuntalar sus colchones de capital y reducir los costos de la toma de créditos para que puedan comprar más hipotecas.

El Tesoro pidió permiso para comprar 700.000 millones de dólares en hipotecas para sacarlas de los libros del sector privado. Expandir la demanda y reducir la oferta de estos activos riesgosos es una manera de manipular su precio. La Fed y el Tesoro están transitando un camino que termina por hacer que el precio del riesgo en los mercados financieros, junto con el precio de la liquidez, sean un precio administrado
Así es como empezó la banca central en primer lugar: se consideró que dejar que el mercado y sólo el mercado determinara el precio de la liquidez era demasiado costoso para los empresarios que votaban y los trabajadores que podían derrocar gobiernos. Ahora parece como si también se juzgara que dejar que el mercado por sí solo determine el precio del riesgo resulta demasiado costoso para los votantes y los contribuyentes de campaña de hoy.

J. Bradford DeLong es profesor de Economía en la Universidad de California en Berkeley y ex subsecretario del Tesoro de Estados Unidos.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

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