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NUEVA YORK
Las elecciones norteamericanas normalmente producen una breve euforia; la sensación pública de renovación, de posibilidades futuras, actúa como una inyección de adrenalina. Este año, sin embargo, el alivio y la celebración palpables resultarán atemperados por la sensación compartida por muchos de que no todo está bien en Estados Unidos.

Los datos económicos son casi en su totalidad sombríos y no mejorarán en lo inmediato. Y, si bien las cuestiones de seguridad nacional parecen menos apremiantes frente a la crisis financiera, difícilmente hayan desaparecido, dada la difícil situación en Afganistán y Pakistán, y los problemas irresueltos en Irak, Irán y Corea del Norte. Es más, el poder de la presidencia norteamericana, y de Estados Unidos, ha sufrido cambios dramáticos en los últimos años, haciendo que nuestra era se diferencie de períodos anteriores cuando el mundo estaba en un estado de cambio y un nuevo presidente norteamericano enfrentaba desafíos profundos.

Hasta hace poco, se podía hablar del “ascenso del resto” sin augurar una merma en el poder norteamericano. Ahora que el ejército norteamericano está en su límite en Irak y Afganistán, y la posición fiscal estadounidense se debilita, Estados Unidos se enfrenta a opciones lúgubres. Se trata de una posición atípica para un nuevo presidente norteamericano. Incluso en los años oscuros posteriores a Vietnam, a fines de los años 1970 y principios de los años 1980, se percibía una sensación de que Estados Unidos todavía podía tomar sus decisiones económicas sin hacer demasiada referencia al resto del mundo. Ése era el privilegio de tener la economía más grande y más dinámica –una economía que, además, actuaba como un acreedor mundial-. Eso se terminó.

No es menor la ironía que radica en el hecho de que el 15 de noviembre, el presidente completamente incapaz de Estados Unidos, el unilateralista George W. Bush, es anfitrión de una conferencia multilateral para discutir la reformulación del sistema económico global. También habla de la posición relativa de Estados Unidos el hecho de que hasta los ministros poco organizados de la Unión Europea actuaran con mayor celeridad que el presidente y el Congreso de Estados Unidos para crear un piso para la crisis financiera. Y lo dice todo sobre el mundo cambiante que, cuando ceda el pánico y los estragos queden al descubierto, Asia en general y China en particular surgirán como los claros ganadores.

La crisis crediticia expuso los cimientos endebles del crecimiento sostenido del que gozaron Estados Unidos y Europa durante los últimos cuatro a cinco años. Si bien muchos habían observado la extraordinaria transferencia de riqueza a los estados productores de petróleo y a China, las implicancias de esto no se percibían en su totalidad. No es sólo que Estados Unidos se haya convertido en una nación deudora; es que los grandes fondos de capital y liquidez hoy residen en lugares como la región del Golfo y China, sin ninguna señal de que esa tendencia vaya a revertirse. De hecho, la crisis actual ha colocado incluso a Japón, que pasó casi dos décadas sumido en el abatimiento, en una postura de relativa fortaleza, dadas sus grandes reservas monetarias y la depuración de los balances de sus principales bancos.

Hubo un período breve en los años 1970 en que se produjo una transferencia similar. Pero, a diferencia de entonces, los países que acumulan el capital hoy no lo gastan en consumo –vale recordar las infinitas imágenes de príncipes sauditas comprando propiedades en la Riviera Francesa-, sino en inversión, infraestructura y educación.

Sí, hay burbujas aquí y allá, ya sea que se trate de bienes raíces en Shanghai y Dubai o acciones en Mumbai, pero también se ha producido una planificación seria a largo plazo que probablemente coloque a estos países en una posición fuerte en los años venideros. Incluso, China, que está intentando virar su economía más hacia el consumo para reducir su dependencia de las inversiones en bienes de capital, implementó una infraestructura de caminos, redes eléctricas, puertos y líneas férreas que beneficiarán a su economía doméstica durante décadas. Mientras tanto, puede utilizar sus 2 billones de dólares de reservas como un colchón cuando la economía de Estados Unidos y del mundo se hunda. El crecimiento económico de China puede desacelerarse con un debilitamiento de sus exportaciones a Estados Unidos y Europa, pero es menos dependiente de esos mercados de lo que supone la mayoría.

Hoy se habla de una recesión global que será marcada y prolongada. Quizás, pero el escenario más probable es un estancamiento continuo en Estados Unidos y Europa, y un cambio más acelerado en el poder económico hacia Asia. Pocas partes de Asia están estructuralmente expuestas a la implosión crediticia, y los balances de los bancos y las empresas asiáticas, en general, son más limpios que los de sus contrapartes en otras partes. Sí, muchas empresas asumieron demasiada deuda, y algunos países, como Corea, están más comprometidos que otros. Pero no es el caso de China, que es el ancla de Asia, y en un mundo donde todos los demás se están cayendo, el que se mantiene en pie es mucho más alto.

Estados Unidos seguirá siendo una parte ponderosa del sistema global, pero la tarea del nuevo presidente consiste en reconocer las fortalezas duraderas y aceptar los nuevos límites. El presidente electo Obama ha demostrado pragmatismo y realismo, y pareciera entender que aceptar las limitaciones no es una debilidad, y que sí lo es rehusarse a reconocer la realidad.

Zachary Karabell es presidente de River Twice Research y miembro asociado de la Asia Society.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

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