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Los dueños de la televisión por paga, Estesa, siempre tuvieron conciencia de sus limitaciones en el campo de las comunicaciones. Muchísimo antes que Carlos Pellas se metiera de lleno como uno de sus principales socios, dos de sus gestores, Augusto Vargas y Bernardo Chamorro, sabían que en un mundo copado por mastodontes mediáticos, sus días estarían contados en Nicaragua, si no entraban en alianzas con alguna de estas potencias. Para mejorar su situación, anticipándose a lo que vendría después, se lanzaron a la conquista de la televisión por suscripción, primero en la ciudad de Managua, donde habían surgido empresas similares a la suya, y luego procedieron a expandirse por el resto del país.

Sus primeros pasos en el negocio fue instalando antenas parabólicas en la década de los ochenta del siglo pasado. Aunque la televisión por suscripción había venido al mundo para responder a las necesidades de las personas cuyas viviendas estaban ubicadas en zonas donde la televisión abierta no llegaba, sus propulsores pronto se percataron que las posibilidades de su explotación eran infinitas. Nicaragua no escapó a este fenómeno. Una conciencia esclarecida de los grandes dividendos que dejaría el negocio, determinó su andar. Lázaro Duranza fue el encargado de satisfacer la demanda de una clientela ávida. Los primeros en contratar los servicios fueron las familias más pudientes y los miembros de la cúpula sandinista. Por esta rendija comenzó a filtrarse la televisión internacional en Nicaragua.

Managua era entonces tierra compartida. Con entusiasmo Estesa se entregó a la conquista de los capitalinos. La oferta era seductora: podrían ver más de cincuenta canales y colmar todos sus antojos.

Los recién llegados contaban con la aprobación de la Dirección del Espectro Radio Eléctrico. Estesa fue desde entonces la empresa más agresiva. El desarrollo de la televisión por suscripción no podía delimitarse dentro de un espacio geográfico demasiado estrecho. Contando con mayores recursos financieros, en forma ascendente, Estesa fue comprando a cada empresario la parte del territorio que había sido autorizado a explotar. Aunque nada lo obligaba, puesto que no existía legislación alguna en el país que lo exigiera, con sentido del anticipo, Estesa fue la primera en comenzar a pagar a las compañías mediáticas transnacionales los derechos de autor.

Conquistada la capital, Estesa emprendió la colonización del territorio nacional. Poco a poco fue adquiriendo las empresas de televisión por cable que existían en Masaya, Granada, Rivas, León y Chinandega. En un movimiento posterior entró al negocio de internet y de telefonía internacional. Modernizó su infraestructura, tendió la fibra óptica, amplió el número de canales ofertados. No escatimó recursos para ubicarse como la empresa de televisión por paga más importante de Nicaragua.

De sus entrañas nació el canal de televisión TV 11, como hijo legítimo del cable. Carlos Pellas, ante la inminencia de la venta de Estesa, lo preservó, sacándolo de cualquier eventualidad que pusiera en riesgo su propiedad. Las refriegas tenidas con operadores de la televisión por VHF y UHF, los dueños de Estesa las han podido inclinar a su favor. Su nombre todavía ondea airoso en el edificio emblemático construido a las orillas de la Calle Jean Paul Genie, como símbolo de su poderío económico.

Convencidos desde siempre que más temprano que tarde entrarían en alianzas con empresas de mayor quilataje o bien ceder su cetro al mejor postor, la hora llegó. Las declaraciones de David Rojas, cabeza de playa de Enitel-Claro, explosionaron en las instalaciones de Estesa. Ante un enjambre de periodistas que difunden las noticias vinculadas a Claro, con el mismo interés que los campesinos ponen a la rotación del Sol para salvaguardar sus cosechas, Rojas anunció la operación de TV Claro: un servicio de televisión digital por suscripción en la ciudad de Managua, con más de cien canales, a la vez que establecería paquetes más bajos que los ofertados por Estesa. Cundió el pánico en sus cuarteles generales.

Siempre previmos que el adquirente de la telefonía básica buscaría ampliar su red de negocios ofreciendo los servicios de la televisión por paga. La decisión de Claro no encontró oposición de Estesa. Lejos de enfrentar a su contrincante, Estesa optó por escuchar ofertas de compra. La determinación de su venta trajo aparejada el relanzamiento de Sky, por parte de Comunicaciones Inalámbricas de Centro América (Coinca), cuyo mayor accionista es Carlos Pellas, condueño de Estaciones Terrenas Satelitales (Estesa). ¿El cambio de manos de Estesa supone trasladar a Nicaragua la batalla campal que desde hace años libran Telmex y Televisa en México, por hacerse del jugoso pastel de las comunicaciones y telecomunicaciones más allá de sus fronteras?
A mediados de los ochenta, Armand y Michelle Mattelart publicaron El Carnaval de las Imágenes, su estudio sobre las telenovelas brasileñas, centrado especialmente en las telenovelas producidas por Globo. Los especialistas franceses constataban en el sur dos imperios mediáticos: Globo, en Brasil, y Televisa, en México.

El mapa geopolítico de los medios ha cambiado sustancialmente. Canal 13, TV Azteca, de Carlos Slim Helú, el hombre más rico del mundo, según la prestigiada revista Forbes, entró a disputarle a Canal 2, de Emilio Azcárraga Jaen, dueño de Televisa, la hegemonía de la televisión mexicana y latinoamericana. Slim Helú ya compró seis estaciones de televisión en Centroamérica y Sudamérica. Estesa es una estrella más que agrega a su bandera.

Lo que no quedó claro es la naturaleza de la transacción. La Ley de Telecomunicaciones y Servicios Postales establece expresamente en su artículo veintinueve, que los nicaragüenses deben ser dueños por lo menos del 51% de las acciones. Ni Telcor ni Estesa, mucho menos Slim Helú, aclararon los términos de la operación. Los cuestionamientos acerca de la venta total de Estesa fueron simplificados, afirmando que la compra la hicieron amparados en otra figura jurídica. Un argumento inconsistente. En esta transacción prevalece la ley de la materia, como afirman en su jeringonza los abogados de siempre. Una persona, natural o jurídica puede disponer de una cuantiosa fortuna, pero si no cuenta con la licencia requerida para operar una estación de televisión, ¿para qué sirve tanta plata? ¡Para nada! Por su propia credibilidad, el ente regulador debe despejar los nublados.

Mantener separados los nombres y recurrir a contabilidades financieras diferentes no significa que Claro y Estesa no sean de un mismo dueño. Son las providencias que toman los empresarios en este tipo de transacciones. Una de las modalidades introducidas por los consorcios mediáticos en América Latina ha sido preferir que sus pares nativos adquieran, en un primer momento, los servicios de telefonía móvil o de cualquier otra licencia vinculada con el campo de las telecomunicaciones. Nicaragua no ha sido la excepción.

Cuando se privatizó Telcor, dando nacimiento a tres entes distintos (Telcor, Enitel y Correos de Nicaragua), la licencia de telefonía móvil fue otorgada a Enrique Dreyfus, Carlos Reinaldo y César Augusto Lacayo, cobijándose bajo el nombre de Publitel. Los nicaragüenses la vendieron después a Bell South. Ante el avance arrollador en América Latina de Telefónica, de España, en un traspaso de manos previsible, los empresarios norteamericanos vendieron el negocio a Telefónica, identificada mejor por los usuarios como Movistar. Ambos oligopolios --Claro y Movistar-- juegan con los dados cargados. Su capacidad de maniobra es ilimitada.

El cambio de nombre de Estesa a TV Claro llegará de manera indefectible. Con la globalización, las marcas, nombres y emblemas hoy en día son universales o no son. La mayoría de los programas transmitidos por Estesa muestran el emblema de Claro, con ofertas para sus clientes radicados en Argentina, Colombia, Perú, Chile, Guatemala o Costa Rica. Sus anuncios pueblan el mundo de la televisión comercial latinoamericana. La aprobación de la nueva ley de telecomunicaciones facilitará el cambio de nombre de Estesa a TV Claro, si no es que antes se deciden hacerlo contando con la complacencia del ente regulador. En Nicaragua, la institución encargada de vigilar y exigir el cumplimiento de las disposiciones contenidas en la ley de telecomunicaciones nació ciega, sorda y muda. Su condescendencia ha sido obscena.

¿Lo acontecido con la enajenación de Estesa augura un choque de elefantes? Televisa es aliada de Sky Satelital, miembro de número del imperio de Rupert Murdoch, propietario de News Corporation, una de las cuatro empresas mediáticas más grandes del mundo. Murdoch opera en cinco continentes. En China continental es amo y señor. Sky cuenta con más de cien millones de suscriptores.

Las pretensiones de Murdoch están orientadas a conquistar la televisión mundial. Su avance es impetuoso. Algunos ilusos piensan que sus desmanes empresariales serán olvidados en el futuro, como ha ocurrido con las tropelías cometidas por William Randolph Hearst.

Al menos yo nunca olvidaré su injustificable decisión. En 1898 despachó a Cuba como corresponsal de New York Journal al dibujante Frederic Remington, a cubrir una guerra que no había. Ante el reclamo de su enviado especial, Hearst le respondió: “¡Usted facilite las ilustraciones y yo pondré la guerra! ¡Y la guerra fue!”.

La determinación de Carlos Pellas de vender la compañía de cable ratifica que sabe jugar en ligas mayores. ¡Dejó Estesa para quedarse con Sky!