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La muerte anda desbordada en el entorno laboral. Pellizca al azar como un ave carroñera hambrienta y ciega. Hace apenas nueve días murió Francisco Quiñónez Reyes y ahora se suma Judith García, ambos compañeros de trabajo con quienes tuve una relación cercana.

Conocí a Don Francisco, como todos le decíamos, en el 2003 cuando fue nombrado secretario general del Consejo Supremo Electoral. Llegó de riguroso saco negro y corbata roja, aunque tras ese estuche ejecutivo y esa vestimenta rígida y protocolaria se encontraba un hombre campechano, humilde, inteligente, con una gran sensibilidad social. Desde que lo abordé por primera vez sentí que estaba frente a una persona con la que se podían conversar todos los temas posibles, especialmente sobre historia, donde era un especialista.

Una vez que nuestra amistad fue creciendo, nuestro saludo en la oficina o en los pasillos o donde nos encontráramos era efusivo y afectuoso: Yo le preguntaba: “¿Cómo le va ilustre secretario?” Él respondía: “¿Cómo está mi estimado amigo?” Y este saludo iba acompañado de una amplia sonrisa, un apretón de manos y un cafecito que duraba dos horas para ponerse al día sobre temas electorales y políticos.

Y es que Don Francisco era todo un personaje. Sobreviviente de la gesta Olama y Mollejones, militante y luchador antisomocista y embajador en la década de los ochenta del gobierno sandinista en Panamá y Colombia, en verdad pocos conocían la destacada hoja de vida de un sandinista de verdad. En Panamá conoció al general Omar Torrijos y a algunos personajes de la política panameña. Nunca me lo dijo --no se ufanaba de nada-- pero supe que tenía una vieja relación de amistad con el comandante Daniel Ortega, presidente de la República.

Cuando nos sentábamos a conversar, Don Francisco era una cátedra ambulante: hacíamos un recorrido por la historia política de América Latina y terminábamos en nuestra violenta y dulce Nicaragua, burlándonos de las miserias y desaciertos de la derecha local. Hablábamos del periodismo y de los famosos formadores de opinión.

Criticábamos los programas de televisión donde aparecían los mismos personajes de siempre, claro, con diferente bandera. Comentábamos sobre algunos tránsfugas políticos y camaleones que se reproducen como hongos en el ambiente desde el 2007. Tenía una memoria prodigiosa: conocía el pedigrí social de todas las familias más prominentes del país y recordaba lugares de manera casi cinematográfica, sobre todo de su León natal y querido. Y el humor que cargaba era leonés, pero universal.

De su vida personal y familiar sé poco o casi nada. Me confesó que en su juventud fue boxeador, que tenía una hermosa familia y que era un enamorado de la vida. Hasta que una tarde invernal del 2006 me confió la triste noticia de que un cáncer amenazaba su vida. Me lo dijo con una sonrisa en su rostro, aunque sus ojos no pudieron esconder la tristeza. Lleno de un optimismo excepcional, y con corazón de guerrero, Don Francisco comenzó a pelear la batalla más dura de su existencia: se armó de valor y coraje, como lo hizo en Olama y Mollejones, y comenzó a combatir el mal con todos los recursos que tenía. Estaba dispuesto a dejar sus energías y ganar. Cada quimioterapia era un combate en que resultaba victorioso. Cada mañana era un día ganado a la muerte.

Y a pesar de las secuelas de esta guerra que estaba librando, y que sufría con estoicismo como un verdadero héroe, Don Francisco siempre mantuvo su permanente sonrisa, su firmeza de guerrero, su energía por seguir trabajando, su sentido del humor, su desesperación por vivir. Fue esa desesperación por vivir la que le dio la fortaleza necesaria para vencer el cáncer y pelear con la muerte hasta el último round.

No estoy seguro, pero me atrevo a decir que dada su fortaleza y su fe inquebrantable en él mismo, Don Francisco venció el cáncer por decisión dividida. Seguramente los médicos vieron triunfar al cáncer. Yo lo vi perder, extenuado ante tanto coraje reunido. Como todo buen boxeador que fue, hizo uso de sus fintas y se le vino escapando a la muerte round por round hasta que esta, cansada y aburrida de lidiar con él, le otorgó como compensación un tiempo extra para negociar su partida. Una estrategia perfecta. Fue así que un día de tantos, cansado de tanto bregar y seguro de que había ganado el combate, se rindió a la muerte, dejándonos un legado de coraje, valentía y decisión para enfrentar los avatares de la vida. Se nos fue Don Francisco, un amigo y compañero de trabajo. Que descanse en paz. Ya tendremos tiempo de seguir viéndonos en la eternidad.

 

felixnavarrete_23@yahoo.com