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No quiero acostarme, aunque sé que no tendré un sueño tranquilo esta noche, sin expresar lo que siento en este momento por todo lo que ha sucedido entre el domingo 16 y la tarde del martes 18 de noviembre.

Pienso que estamos viviendo, desde hace años, y por eso se ha acumulado, peligrosamente, un proceso de descomposición social que no tiene comparación en la historia de nuestro querido y sufrido país. No soy sociólogo, ni politólogo ni analista político; soy un artista, pero sobre todo, un ciudadano sensible a todo lo que mi corazón y conciencia perciben y lo que puedo ver claramente frente a mis ojos.

Esto, sin duda, es el producto de una acumulación de, pobreza, ignorancia, analfabetismo, intolerancia y barbarie, todo manipulado por la corrupción política, los pactos, la obsesión del Poder y la burla y violación a los principios más elementales de los derechos ciudadanos de todos los nicaragüenses sin distinción de signo ideológico o preferencia partidaria... Por supuesto que la actual crisis tiene nombre y apellido, no cabe ninguna duda.

Con vergüenza e impotencia, he visto lo sucedido el domingo en León, y especialmente, lo que ha sucedido hoy martes en Managua. Esta tarde he visto en las imágenes de la televisión una ciudad muy lejos de los propósitos de Dios. He escuchado, con asombro y vergüenza, los increíbles comentarios de los que desde, un periodismo terrorista y cobarde (no se me ocurren otros calificativos), utilizan el lenguaje más violento y extremista para justificar la movilización desde distintos puntos del país, de cientos de delincuentes, vándalos, criminales, pandilleros y facinerosos, como una legítima expresión de la libertad del pueblo. Realmente me da tristeza, pero al mismo tiempo, ¡asco!
Creo que es urgente que los periodistas imparciales hagan un llamado a todo su gremio para que algunos de sus miembros no sigan llamando al caos y a la anarquía, porque esta profesión y oficio tan importante para nuestra sociedad y la democracia, tiene una gran cuota de responsabilidad cuando se responde a intereses partidarios y se cultiva el más oscuro rencor en el corazón de nuestro pueblo. Por supuesto, desgraciadamente, algunos ciudadanos periodistas han sufrido en su propia humanidad la terrible y desmesurada reacción de los violentos. Para ellos, toda mi solidaridad.

Carlos Fonseca Amador debe estar llorando desde su tumba. Porque “su carabina disparando auroras…” desde las montañas de Zinica para liberarnos de la tiranía, nada tiene que ver con los garrotes, machetes, piedras y morteros asesinos de estos desgraciados hijos de nuestra querida Nicaragüita que, (¡es el colmo!) vestidos con camisetas con la consigna “Puede más el amor que el odio”, y respondiendo a las órdenes de sus líderes, son capaces de tomarse rotondas, calles y carreteras, incendiar vehículos, destruir la propiedad privada y enfrentar a un cuerpo policial que sólo observa detrás de los escudos transparentes, bajo un mar de piedras e insultos de (en la mayoría) chavalos que echan espuma por la boca y se les ve una concentrada hostilidad mezclada con alcohol y drogas en esos ojos de rostros ocultos por pañuelos rojinegros, pasamontañas y camisetas con agujeros, todo un paisaje que ya se nos hace casi natural, o “folklórico”, como dijo un irresponsable dirigente orteguista.

Trato de explicarle a mi hija Tania, que apenas tiene 19 años, lo que yo mismo no puedo entender… Nos preguntamos con Lucía, hacia dónde nos quiere llevar la arrogancia del danielismo. ¿Qué pretexto absurdo tendría yo para decir que hay que salir a las calles a devolver violencia por violencia al 38% de los que lo eligieron? Sería una estupidez, aunque fuera el 50% de nuestra población la que es lanzada al suicidio con la justificación de haber obtenido los votos mayoritarios en las últimas elecciones. Creo que es como agregarle más gasolina al fuego, cuando Managua arde con lenguas de fuego que parecen salidas del mismo infierno.

Mientras tanto, el Cardenal calla, es decir, otorga, y el Presidente, seguramente escribe el próximo discurso para arengar a los “pobres del mundo” con el puño en alto, en lo que podría ser, si las cosas siguen el curso equivocado de la violencia, su última comparecencia.

¿Dónde están los verdaderos militantes del histórico FSLN? ¿Dónde quedó su mística, su entrega y su amor por Nicaragua? ¿Se habrá borrado ya la sangre de todos los que cayeron por la libertad de este país? ¿Qué se hizo la conciencia revolucionaria?
Todavía es tiempo de apagar ese fuego criminal si en Nicaragua queda aún gente que ama a su patria y su bandera. Y en vez de callar o replegarse, ser capaces de movilizar la conciencia, advirtiendo que podemos entrar en una espiral irreversible de violencia, o de nuevo, a un costo altísimo de sangre, incentivar otra guerra entre hermanos, cuando apenas se restañan las heridas de un violento pasado que muchos de los jóvenes no conocieron y que hoy son manipulados e instrumentalizados por un partido, para salir a las calles agresivamente a violentar la frágil democracia de nuestro pueblo.

Todavía es tiempo de salvar la patria.