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Llamé a mi amiga la mañana siguiente, para preguntarle cómo se sentía después de haber hecho uso del derecho (o deber) ciudadano de elegir sus autoridades por primera vez, debido a que en ocasiones anteriores, por fuerza mayor, caso fortuito o mera libertad de no hacerlo, se había abstenido. Su respuesta me hizo tambalear, dijo: “Me siento con un estado de depresión comatoso”. El preguntar el por qué, estaba demás. Los hechos acontecidos en este fin de semana trágico no eran para menos.

Sí, trágico, no hay otra palabra para definir lo que nosotros como pueblo estamos presenciando en estos últimos días: la decadencia moral del sistema, y más que decadencia la agonía del mismo.

Cuando el señalado magistrado presidente Rivas, en su burda actuación, leía el guión hecho desde la floresta artificial, la República se desangraba, al abortar la esperanza de llegar a ser eso, República, tratar a sus ciudadanos de acuerdo a Derecho, predicar la lealtad a quien se debe (el pueblo), por ser quien paga a los funcionarios y no a mezquinos intereses de quienes creen que al actuar con audacia generarán temor y que ese temor les dará “autoridad”, cuando su sádica audacia lo que genera es violencia, esa violencia de la que este pueblo estaba superando y encarando al futuro con la disposición de al fin crecer y que sus hijos no repitieran el ciclo nefasto de la historia de dictaduras, fraudes electorales, guerras fratricidas y romperlo para siempre.

La tan celebrada y autoproclamada victoria pírrica en legitimidad, no hace más que desnudar las intenciones funestas del “reyezuelo”, su corte de bufones y de la delgada siniestra mano detrás del poder, que sin pudor por medio de sus palabras llenas de vaguedad, de significados indefinidos, discursos brumosos para seducir, se aprovecha de la necesidad de la gente del pueblo, de encontrar soluciones para sus situaciones difíciles, profundas, arraigadas y cimentadas por el sufrir cotidiano.

“Un cadáver político vaga por Managua”, pregona el maestro Juan Alberto Valdez. Y tiene razón, sí, hay un cadáver. Sin embargo, me duele en gran manera que el cadáver no sea el que supone, sino que es todo el pueblo (la gran mayoría), que no estamos idiotizados, con los artilugios charlatanes de quienes se creen ser representantes del pueblo o al extremo hasta del mismo Dios, y sólo azuzan bajo la dinámica de nosotros contra ellos, cuando todos somos hermanos. Las notas fúnebres retiñen en nuestros oídos, profesor, ojalá no hayan más de esa clase de victorias que usted celebra.

*Estudiante de Derecho.