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Cada vez que una lluvia fuerte inunda Managua y causa destrozos en las calles y viviendas de algunos barrios, los ciudadanos solemos lamentar la tragedia y, como se dice aquí, pegar el grito al cielo para ver quién nos protege o nos resuelve el problema. Lo que menos hacemos es preguntarnos qué responsabilidad tenemos, cada uno, en esta deficiencia y cómo podemos contribuir a superarla.

Las experiencias nos indican que con cada época lluviosa las inundaciones en Managua son mayores; las calles se convierten en ríos más caudalosos y las víctimas humanas aumentan. Diez muertos hubo en un día, el jueves pasado; nueve perecieron soterrados al caerles un muro socavado por las corrientes, y uno fue arrastrado por las aguas de un cauce en otro punto de la capital.

Es un problema viejo, de décadas, solo que cada vez peor como sucede con las enfermedades que avanzan, carcomen y debilitan los cuerpos. Es un síndrome, la suma de varias anomalías ambientales que van deteriorando los lugares donde vivimos, laboramos o transitamos, dejándonos en condiciones más inestables e inseguras. ¿Alguna vez se le ocurrió, por ejemplo, detener su vehículo de noche al borde de una calle para esperar a que pase la lluvia porque le da miedo continuar sobre una vía convertida en corriente violenta? Algunos habitantes de Managua ya lo han hecho, al ser sorprendidos por los efectos de una lluvia copiosa después de salir del trabajo.

Desde hace 15 ó 20 años escuchamos propuestas, de autoridades y ambientalistas, sobre los problemas de la Cuenca Sur de Managua, dañada por una desforestación constante. También se habla mucho del manejo de la basura y el Concejo Municipal hasta aprobó multas para quienes boten desechos en lugares inadecuados; y del reordenamiento urbano para evitar asentamientos donde las personas, además de estar en riesgo, provocan más desorden con efectos nocivos para la misma población.

Sabemos que las administraciones municipales han tomado ciertas medidas contra irregularidades ambientales y urbanas relevantes, pero los hechos nos muestran que Managua es como un enfermo crónico al que algunos medicamentos le hacen poco efecto y, a veces, cae en crisis.

Las instituciones públicas tienen que reconsiderar las políticas y acciones que han tomado para proteger a Managua de las aguas desbordadas, y ser más eficientes y estrictas; pero también los ciudadanos, las comunidades, las empresas privadas, debemos pensar mejor lo que hacemos cada día con relación al medio ambiente, porque una imprudencia de hoy se nos puede revertir mañana de forma trágica.

Un ejemplo sencillo: El sistema de drenaje pluvial cubre al 80% de la ciudad de Managua. Son sus venas por donde debería circular el agua de la lluvia sin problemas. Pero no sucede así, se desborda, las tapas de los manjoles saltan propulsadas por los chorros, los cauces se rebasan. ¿Por qué? Por el exceso de basura que atora esas venas de la capital. Dadas las experiencias, la próxima vez que botemos basura de forma inadecuada deberíamos pensar en el próximo aguacero e imaginar cómo esos desechos sólidos podrían llegar a obstruir algún desagüe, con las consecuencias ya vividas o vistas. El problema ambiental es un asunto de todos.