Jorge Eduardo Arellano
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Treinta y cinco años cumplirá el terremoto del 23 de diciembre de 1972. Una tragedia que sepultó al pueblo de Managua y enlutó a toda Nicaragua.
Los recuerdos e imágenes de antes y después los he llevado siempre en mi memoria. Managua era una ciudad bonita donde todos los vecinos se conocían y compartían en unidad la mayoría de sus actividades.
Desde su conversión en capital de Nicaragua en 1852, Managua crecía todos los días como ciudad cosmopolita, miles de nicaragüenses de todo el país llegaban y buscaban mejores horizontes de estudio y trabajo.
¡Cómo olvidar sus barrios populares, avenidas, calles y vida cotidiana! Sus cines, bares, cantinas y lugares de recreación, y luces de neón.
El sismo que para muchos como yo, que llegué de Masatepe de nueve años a Managua en busca de mejores horizontes, nos cambió todo. El cataclismo llenó de dolor, muerte y desesperanza a todos los que vivíamos en la ciudad. Fue una impresionante diáspora. Para muchos la tragedia y los momentos de terror con que la naturaleza se ensañó, eran como el final de nuestra existencia.
Managua todavía no se ha podido poner en pie. Ni Nicaragua tampoco. Somoza y el somocismo se apropiaron de toda la ayuda internacional e hicieron negocios inverosímiles con las tierras suburbanas de Managua y con la necesidad de la gente.
Parece que nuestra tragedia no terminará nunca. Aunque se le reza a la Virgen María desde hace 150 años y los gobiernos sean más beatos cada día. Después del terremoto de 1972, vino la guerra contra la dictadura, y la guardia somocista mató a sus jóvenes. Somoza bombardeó las ciudades y al pueblo de Nicaragua.
El triunfo de la revolución popular sandinista en 1979, sus errores y la intervención norteamericana provocó otra guerra civil mayor, que movilizó sobre las armas a centenares de miles de hombres. Nicaragua se bañó de sangre y se volvió a enlutar dividiendo aún más a las familias nicaragüenses.
La naturaleza con sus terremotos, huracanes (Mitch y Félix) y tragedias nos ha venido poniendo a prueba todos los días, pero no aprendemos. Tenemos enterrado al país en el último lugar de la miseria de América Latina y seguimos manteniendo que somos un país rico.
Todo gira alrededor de la política y no caminamos, mientras los oportunistas se enriquecen. No hay trabajo, hay desesperanza, estamos pobres y el futuro se ve muy lejos. Pese a todo, la peor tragedia y el terremoto que conmueven a nuestro país son los comportamientos de la clase política. Dan lástima y deprimen.
Detengámonos todos y reflexionemos. ¿Qué estamos haciendo mal? Nuestro pueblo y nuestros hijos no merecen tanta penuria. Reflexionemos. No usemos la fe y las creencias como una oportunidad para enriquecernos y vivir de la planilla del Estado. Acordémonos de DIOS y del PUEBLO, aunque sea en la misa del GALLO.
gallosnicaragua@hotmail.com