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Jesucristo fundó su Iglesia: el nuevo pueblo de Dios que incluye al primer pueblo elegido, Israel, y lo amplía a todas las naciones y razas; la Iglesia fundada por él sobre los doce apóstoles, con Pedro a la cabeza, como una continuidad de las doce tribus de Israel. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia y ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla” (Mt. 16.18). “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28.20). “El Espíritu Santo que el Padre les va a enviar en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn. 14.26).

Esta Iglesia, católica (universal) y apostólica, es divina, fundada por Dios. Jesucristo está presente en ella todos los días y es asistida por el Espíritu Santo. Por eso es santa. Pero también es humana porque la integramos hombres que, aunque redimidos, seguimos teniendo una naturaleza pecadora, y por eso también la Iglesia es pecadora. Comete equivocaciones, errores y pecados; tanto individuales por cada miembro, incluyendo papas y obispos, como colectivamente, como institución. Excepto cuando se definen dogmas de fe.

No es necesario mencionar las conocidas equivocaciones, errores y pecados en la historia de nuestra Iglesia, que se han dado junto con mayores aciertos, maravillosas acciones de bien e innumerables e incontables ejemplos de santidad, frecuentemente olvidados. La humanidad no debe tanto a ninguna otra institución en la historia, en muchísimas áreas, como a la Iglesia católica. Pero también la Iglesia ha tenido acciones condenables.

En la Iglesia se han dado momentos de crisis, pero quizá las más importantes han sido aquellas en que se ha alejado más de la sencillez pura del evangelio, distanciándose de la esencia de la doctrina de Jesús: el amor, la misericordia y la preferencia por los pobres y más necesitados; buscando el poder político, las riquezas; dictando condenas terribles, imposiciones violentas, presentando a Dios como juez implacable y no como padre amoroso.

Por eso, en el siglo XIII Jesucristo llamó a San Francisco de Asís: “Francisco, repara mi Iglesia”; lo cual hizo con sus seguidores con la fuerza del ejemplo, desde sus humildes conventos y en las calles, saliendo en búsqueda de los demás, con sus propias vidas de pobreza y de entrega a los necesitados del auténtico amor evangélico, de paz y brindando a las personas misericordia, ayuda y esperanza, sin juzgarlas ni condenarlas. Lograron “reparar” la Iglesia al mostrar la necesidad de volver a la claridad del Evangelio empañado por tantos intereses y actitudes mundanas.

En el siglo XX, en 1962, un papa santo, conocido como “el Papa Bueno” (no por ser el único bueno, pero sí extraordinariamente bueno), el santo Juan XXIII, consideró que nuestra Iglesia se había apartado de nuevo en muchos aspectos de su esencia y simplicidad evangélica, tal como la fundó Jesucristo y como la “reparó” Francisco de Asís siglos antes. Declaró que era necesario “abrir las ventanas para que entrara aire fresco” y convocó a los obispos del mundo al Concilio Vaticano II, el cual tomó trascendentales decisiones orientadas a una “profunda renovación”.

Hoy, 50 años después, otro santo dado por Dios como papa de la Iglesia, “un nuevo Francisco”, Francisco de Buenos Aires, ha declarado que “no se ha cumplido con todo el Concilio” y para que se cumpla, impulsa las trascendentales reformas todavía pendientes para actualizar la Iglesia y “repararla”, como lo hizo Francisco de Asís. Algo que desagrada a muchos y por lo cual, Francisco necesita nuestras oraciones.