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Rubén Darío fue un poeta eminentemente amistoso. Dotado de un colosal sentido común, lo demostró en todas sus estadías, en los diferentes países que visitó y vivió. Quizás el secreto de la amistad radique en la sangre mestiza; la verdad es que él era un latinoamericano y, como tal, supo infundir sinceridad y calidez, con una maravillosa condición empática.

Fue en el desempeño de la diplomacia que conoció a los poetas dominicanos Fabio Fiallo, Tulio Manuel Cestero, Ricardo Pérez Alfonseca, Max Henríquez Ureña, entre otros. Estas amistades son determinantes en lo absoluto para poder visualizar a la República Dominicana, incluso sin haberla visitado antes.

Darío tenía una profunda visión filantrópica al solidarizarse con el joven poeta Ricardo Pérez Alfonseca, quien se encontraba cursando la carrera de Derecho en París, pues lo nombró su secretario personal. Así el joven poeta adquirió como reserva moral todo el prestigio del Príncipe de las Letras Castellanas, el bardo insurrecto que ha dignificado las letras latinoamericanas. De esta manera, el joven, que no llegaba a los veinte años de edad, se ayudaba como sobreviviente en aquella urbe tan compleja en ese tiempo.

Darío se comportó como un verdadero maestro paradigmático y sin condición al aconsejarlo en todo momento, y le dedicó un hermoso soneto que inicia precisamente declarándose como un auténtico consejero juvenil: “La gloria será tuya si tu alma retiene”.

Hay que valorar y exaltar como meritoria la poesía de Rubén Darío, que ha dejado una consagrada impronta en la poesía dominicana, y el homenaje tangible en la ciudad de Santo Domingo es la existencia de dos parques que llevan su nombre.

Cuando Darío se encontraba aquejado de salud, sus amigos verdaderos, los poetas dominicanos, estuvieron con él y él mismo lo ha reconocido en vida. Había una excelsa correspondencia en esta amistad poética, una actitud que puede sobredimensionarse a escala nacional y considerarse la raíz de las relaciones bilaterales entre Nicaragua y la República Dominicana.

Darío fue una inspiración troncal entre sus amigos dominicanos, y también él se sintió inspirado por ellos; les escribió versos encantadores que hoy en día no se aprecian, pero que poseen un alto valor estético y moral, digno de admirarse por los noveles poetas de hoy en su prurito cotidiano de ser notarios.

Para que se den cuenta de la calidad moral de sus antepasados literatos, para incursionar en la poesía y en la literatura, hay que ir a la raíz primero, para subir luego al tronco; no puede haber tronco sin raíz que lo sostiene eternamente.

Sus amigos fueron la intrínseca motivación para aclamar la patria de Duarte: “Olor a nardos y olor a rosas / lo que adivino, lo que distingo / el sol, los pájaros, la mariposa / Santo Domingo, Santo Domingo”.

Darío equipara la flor con el país en un acto inolvidable de clarividencia y veneración, y esto marca profundamente la psiquis de los poetas dominicanos. ¿Cómo un poeta tendría la facilidad de describir y descubrir concomitantemente una tierra que nunca conoció? Darío era el único capaz de tal empresa, como el Gran Almirante de la Poesía.

Una apoteosis que solo la poesía puede realizar, la mística es el vaso comunicante por excelencia, Darío conoció esta bella tierra enclavada en el Caribe gracias a la poesía dominicana, gracias a la palabra que aportaron sus amigos dominicanos.