Jorge Eduardo Arellano
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En 1993, escribí la novela “Tu Fantasma, Julián”, la historia de dos campesinos uno perteneciente a la contra y otro a las filas del Frente Sandinista, que simbolizaban la división y el enfrentamiento entre hermanos en la década de los 80, auspiciada por la intervención del gobierno de Ronald Reagan y llevada por la misma ceguera para entender los problemas de nuestro pueblo que demuestran quienes hoy quieren repetir la historia.

Como militante del Frente Sandinista que era en aquel entonces, pues me integré al FSLN en 1974, y también como periodista del diario Barricada, fui testigo en diversas movilizaciones al norte del país, del completo horror de esa guerra. En la base del ejército en Mulukukú presencié cómo embalsamaban decenas de cadáveres de los jóvenes que morían y asistí a innumerables velas y entierros de aquellos muchachos, similares a los que hoy integran las pandillas. Comprendí viviendo en poblados “contra”, que la juventud que peleaba en ambos bandos quería lo mismo, una sociedad libre y justa, y que en realidad no había buenos y malos, sino gente llevada a morir porque aún no se comprendía en Nicaragua algo esencial: que en las guerras nadie gana y todos pierden, que no hay salida en nuestro país ni en la fórmula yo gano tu pierdes, ni en la fórmula tu ganas yo pierdo, ni en la cual perdemos todos, que solamente representa el triunfo de la locura, el triunfo de la ceguera patriarcal.

Esa guerra me convenció de que la única salida para Nicaragua la encontraremos solamente si ganamos todos, y no me refiero a la cuota de poder que ganamos como líderes del FSLN o del PLC en negociaciones tras bambalinas, sino si ganamos todos como nicaragüenses: con partido o sin partido, habitantes de la Costa Atlántica, del norte campesino, del occidente o del Pacífico, creyentes de una religión u otra, pertenecientes a cualquiera de las razas o grupos que nos definen como nación. Y Daniel Ortega tiene ahora la inmensa responsabilidad de conducir al país en la disyuntiva de si vamos a perder todos en una nueva guerra o vamos a ganar todos sentándonos a dialogar abierta y sinceramente por el bien de Nicaragua.

Quienes dirigen el país desde todos los poderes ciudadanos deben recordar que ninguna forma de violencia, absolutamente ninguna, ni la actuación policial, ni la del ejército, ni la de intervenciones extranjeras, ni la solapada de grupos de choque reclutados entre jóvenes humildes, ni la de asesinos a sueldo que comiencen a pasar la cuenta a uno y otro, ni la violencia del silencio impuesto a quienes disienten, ni la psicológica de la amenaza o la conspiración, ninguna, por ingeniosa o astuta, bandida o torpe que sea va a resolver los problemas actuales en el país. Sólo un cambio de actitud, por absurda que parezca esta propuesta, sólo sacando lo mejor de nosotros mismos, esa parte bienintencionada que todos tenemos, llámese Daniel Ortega, Arnoldo Alemán, Eduardo Montealegre, Lenín Cerna o Enrique Quiñónez, sólo confiando en esa parte sana y constructiva podremos soltar nuestro punto de vista y descubrir en los planteamientos de los otros el porcentaje de razón que les corresponde.

Nunca como ahora es tan evidente la importancia de dar el salto histórico entre una política de beneficio propio y una política de servicio a la nación, y quien lo haga, dejará su nombre grabado en la memoria de este pueblo, se redimirá de sus errores y podrá morir en paz con su conciencia, que es lo mejor que uno puede desearle a cualquier ser humano. Es cierto que nací en Chile, pero como nicaragüense que soy, pues aquí quedaran mis restos, no puedo dejar de recordarles que no existe beneficio o poder económico y político que pueda ser más satisfactorio que la posibilidad de vivir en paz y armonía. Y si les parece imposible, utópico o ridículo lo que opino, miren nada más a tanta gente pobre del campo o la ciudad, que siempre andan con una sonrisa en los labios y una actitud de tender la mano, mientras a ustedes se les va la salud y la vida en odios, tensiones, angustia y rivalidad.

Ojalá que no se nos vaya de nuevo la vida a todos en una nueva guerra entre hermanos.