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Mi incursión psicodélica fue escasa y superficial, si se relaciona con la experiencia de la juventud nicaragüense en la segunda mitad de los años 60. La droga, sobre todo la marihuana, se había prodigado como eco cultural del movimiento ‘hippie’: un fenómeno que, marcando en los Estados Unidos una nueva sensibilidad radical frente al ‘stablishment’, se tradujo en un nuevo “estilo de vida” a través de la ostentación pública del consumo de drogas, la prédica pacifista (recién concluida la guerra de Vietnam), la práctica del amor libre —y entre el mismo sexo—, más el uso de cabellos largos en los varones y de faldas cortas en las mujeres. Una armonía universal apaciguaba a la mayoría de los ‘hippies’: la música de los Beatles; otros preferían los gruñidos progresivos de los Rolling Stones. Pero todos proclamaban el eslogan: “Make love not War”.

Representante de esa sensibilidad en Nicaragua fue el joven diriambino Roberto Rappacciolli, a quien se le debió su difusión al fundar en 1968 ‘La Tortuga Morada’, una discoteca capitalina que hizo época y a la cual todo el mundo frecuentaba. Yo estuve en su recinto con otros jóvenes poetas, participando en uno de los recitales que Carlos Alemán Ocampo organizó. De hecho, Carlos fue mi introductor en ese centro psicodélico, pero no probé allí mi primera yerba, sino en la azotea de su casa esquinera, en compañía de numerosas amistades suyas entusiasmadas con el mismo menester.

Repetí esa aventura cuatro o cinco veces, provocándome un riserio feliz en la habitación que alquilaba el pintor Leonel Vanegas —un segundo piso que alquilaba en la avenida Bolívar—, en una acogedora casa vecina a la mía en Granada y en Las Nubes, de noche, conducidos por “La Rana Castillo”, un amigo de Noel Rivas Bravo y Fermín Iglesias. Los cuatro disfrutamos de esa experiencia en la que percibimos la urdimbre de la música.

Un testimonio literario de los años de ‘La Tortuga Morada’ plasmó Carlos Alemán Ocampo en su novela corta “En esos días” (1972). Allí el narrador-personaje, como lo hacía cualquier joven, bailaba para sí mismo —terapéuticamente y acaso poseso de “la gravedad penetrante del requinto”—, leía ‘Life’ y ‘Vanidades’, comentaba el escándalo en Nicaragua del cantante español Rafael, se endrogaba para divertirse, empleaba una jerga propia y asistía a las películas “sin contenido filosófico”. En otras palabras, se oponía al concepto, a lo discursivo, a los valores universitarios y humanísticos con un empeño: suplantar el conocimiento intelectual por la sensorial.

El joven forjado en ese modelo psicodélico no sabía lo que leía —porque la lectura seria no era su medio de conocimiento primario—, sino lo que veía y escuchaba. Y ‘La Tortuga Morada’ —a la que concurrían los mejores conjuntos de toda Nicaragua— constituyó su espacio sagrado. No está de más apuntar que, destruido por el terremoto del 23 de diciembre de 1972, abría sus puertas de martes a domingo, a partir de las 8 de la noche y publicitaba sus “go go girls”, autopromoviéndose como “el ambiente más in de toda Centroamérica”.

Pero quien desplegó el pensamiento ‘hippie’ con autenticidad fue el mismo Rappacciolli en un poemario, cuyo título entrañaba una autoafirmación vital: “Habla Roberto Rappacciolli”. Terminado de imprimirse el 23 de septiembre de 1972, no me enteré de su existencia (ya vivía en Madrid) sino mucho tiempo después. En ese librito de 72 páginas se condensa una visión compartida por lo que su autor llamaba “creciente conciencia latinoamericana, parte de la gran conciencia postcultural, zen-planetaria”.

Su voz la calificaban de anárquica (para quienes creían en lo orgánico), de cómica (para gente cósmica), de plástica (para hippies plásticos), de budista (para quienes no creían en Buda), de revolucionaria (para gente no violenta que no creía en revoluciones), de comunista (para no creyentes ni en Mao ni en Castro) y de anti-todo para los creyentes en el Todo.

Tal vez sus poemas no sean muy rescatables. Pero uno me llamó mucho la atención: “A mi bisabuelastro” (nada menos que Rubén Darío) que comenzaba coloquial, intertextualmente: “Un cachimbo de elefantes desfiló a la orilla de la mar…”. El poema es alucinatorio: se enumeran dromedarios y otros animales exóticos, además de una princesa “caminando sobre los rayos de la luna”. Y concluía: “Mas nunca vi a los soldados llevar espadas de vivos reflejos. / Los únicos que he visto marchaban con rifles Garand / teñidos con sangre de hermanos”. Sin duda, esta vivencia era compartida por toda la generación de los años 60 y debe revalorarse para evitar que siga reinando en el olvido.