Lesli Nicaragua
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A mediados de los 60, en pleno frenesí sexual, luchas por las libertades civiles y la revolución de las ideas en Estados Unidos, aparece una novela titulada “A sangre fría”, cuyo autor, Truman Capote, temerariamente tildó como relato de “no ficción”. El entonces marginado Capote, un descastado periodista que había incursionado en la literatura con mediana fama, se vio de repente catapultado a la cúspide de las letras por la magistral arquitectura de su texto y la perfecta utilización de los datos recopilados.

Trabajos de diseño estos con los que renovó, al igual que los postulados culturales de la época, la forma de narrar la literatura y de armar el periodismo. En el primer aspecto propuso la inserción de información cuyo anclaje real no podía falsearse, práctica que no se estilaba en los textos literarios. Su método, aprendido de la tradicional escuela anglosajona, consistía en la compilación limpia, objetiva e imparcial de los datos con la mayor severidad posible.

De esa forma se pueden leer un extenso reporte policial sobre el asesinato de cuatro miembros de una familia de Kansas, los Clutter —el tema que decidió investigar Capote—; las entrevistas que les realizó a los dos asesinos —Richard Hickock y Perry Smith— y a casi treinta personas de la localidad e investigadores; además de reportajes y titulares periodísticos.

Pero lejos del aburrimiento que supondría el manejo de esta exagerada cantidad de material por parte de un periodista novel o con escasa pericia en la solvencia escritural, Capote usa el contrapunto como sistema mediador del relato ficticio y el que él llamó de no ficción o meramente periodístico. Esta yuxtaposición de hechos afianzados en la crudeza de su autenticidad y de intromisiones del autor —en el sentido estrictamente literario— articuló un texto de sobrada factura personal que reivindicaba la libertad del periodista.

Y aquí el segundo aspecto de la modificación escritural: el discurso periodístico debía remozar su impávida fachada de gravedad y puritanismo lingüístico y estilístico, para dar paso a la impresión y el detalle que se producen con el hábil ajuste de las herramientas retóricas a las ideas pragmáticas que exigen los espacios de los diarios y las instrucciones periodísticas que las facultades de comunicación incluyen en sus programas de estudios.

Una ojeada a la prensa diaria nacional nos evidencia esto último, pues la cantidad de textos publicados es inversamente proporcional a la calidad de sus estilos y recursos lingüísticos. Lo que argumenta que cincuenta años después, las lecciones escriturales de Capote aún no llegan a todos los periodistas, a quienes sus maestros hacen entrar a sangre fría, para ellos, la invariable ley de las seis preguntas, y con eso reducen la profesión a un simple oficio.