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Los he visto en las calles, Biblia en mano, predicando supuestamente la palabra de Dios. Son indigentes, pero labiosos. Usan corbatas baratas y maletines negros, y caminan como cadejos en todas las calles bajo el sol y la lluvia en Managua. No se rinden. Suben a los buses y profieren amenazas apocalípticas, que se pierden en el infernal ruido de la ciudad y el barullo de los pasajeros. En sus cultos gritan, hablan en lenguas, se contorsionan, dicen que sacan espíritus y sanan enfermos. Puro show. Son artistas callejeros. Interpretan las sagradas escrituras a su manera y se autoproclaman ungidos de Dios. Algunos comienzan predicando en las esquinas, y gracias a su labia terminan liderando algún rebaño de incautos y haciéndose ricos.

Conozco a muchos de ellos que comenzaron con una Biblia y un maletín de cuero barato, y ahora predican en grandes templos, enfundados en elegantes trajes y luciendo relojes y pulseras de oro. Debo reconocer que algunos de estos seudopastores han pasado por escuelas bíblicas. Diré algunos nombres: Cash Luna, Ricardo Dirroco y Guillermo Maldonado; tres grandes negociantes del evangelio. Todos viven la vida light: ¿qué diría el pobre San Pablo, quien recorría varias ciudades romanas sin viáticos ni lujos, de la ‘dolce vita’ que se dan estos pastores modernos que bajan de sus yates y limosinas a dizque predicar en salones con pantallas de televisión gigantescas donde los esperan miles de tontos, necesitados de Dios?

También conozco a pastores que han comprado cadenas de televisión y se dedican a vender a Dios en una maratónica trimestral que dura siete días, en los cuales recaudan varios millones de dólares. El lema de estos no es bíblico, sino cínico: si quieres que Dios te prospere o te sane de alguna enfermedad, llama a esta cuenta bancaria y dona una ofrenda.

Y así, de ofrenda en ofrenda, y mientras cada pastor invita a sembrar en el reino ( léase depositar en su cuenta), miles de latinoamericanos enfermos, endeudados y sedientos de esperanza depositan veinte, treinta y hasta cien dólares para hacer un Pacto con Dios, quien nunca nos ha pedido dinero porque, sencillamente, no lo necesita.

Otros les llaman Evangelistas de la Prosperidad. Hablan de un Dios que tiene como finalidad hacerte rico, si les das el diezmo de tu salario cada mes. Pero el negocio es el mismo: si quieres ser bendecido, danos plata. Si te rehusás a ofrendar, que te caiga la maldición de Malaquías.

No sé, pero siempre he querido entender por qué las religiones y las denominaciones han florecido como hongos, cuando solo hay un Dios. Desde que tengo uso de razón, he oído de más de treinta religiones y miles de denominaciones cristianas. Hay católicos, evangélicos, testigos de Jehová, mormones, islámicos, judaístas, pentecostales, carismáticos, y un rosario de denominaciones con lenguajes tan sugerentes como El Tabernáculo del Reino, Ríos de Agua Viva, Asambleas de Dios y Las Puertas del Cielo. Extraordinarias marcas comerciales. Todas, sin excepción, han sido inventadas por el hombre. Lo irónico es que Dios es único e indivisible, y su mensaje que está en la Biblia, luce intacto y solo tiene una interpretación.

Por eso, abjuro de las religiones y desconfío de esos seudopastores que se enriquecen a costa de la ignorancia de nuestros pueblos. No hay duda que si el infierno existe, Luzbel los espera con ansias. Crecí en la religión católica, y mi abuela me hizo el favor de presentarme en la infancia el concepto de un Dios bueno y castigador, que he venido perfeccionando en mi mente y mi corazón hasta hoy. Hasta estuve tentado de ser sacerdote, pero el diablo se interpuso en el camino. También la religión católica tiene su historia negra, como todo lo creado por el hombre.

Pese a esto, no sé por qué sigo huyendo del hijo del carpintero. Siempre he creído en Dios y pienso en él todos los días, pero me falta amarlo, temerlo y obedecerlo. Algo hay en mí que no cede. Es la carne que se resiste a morir. Pero Dios escribe sobre renglones torcidos, aunque hiera. Cosa curiosa: ahora uno de sus mis hijos se ha entregado a Dios de una manera total. Está enamorado de él. No sé qué decir. Canta en grupos de matrimonios y asiste a misas tres veces por semana. Es un joven fervoroso. Y ese amor nos arrebata. Mi esposa y yo estamos impactados. Pero yo soy el más duro y me resisto a aceptar su presencia en nuestras vidas. Aunque creo que algún día --como van las cosas--, este hombre que vino hace dos mil años a hablarnos de paz y amor, me seducirá para siempre.

 

felixnavarrete_23@yahoo.com