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La concesión del prestigioso Premio Internacional Carlos Fuentes a este escritor nuestro es sin duda alguna, un verdadero día de gloria para ser nicaragüenses.

Pienso que los escritores favoritos, los imprescindibles como él, dejan en los lectores no solamente la riqueza de una experiencia adquirida mediante vidas ajenas, sino que puedo atestiguar que hasta la existencia propia puede a veces seccionarse, como si fuesen capítulos, en los eventos que acontecían cuando leía tal o cual libro.

En el caso de Castigo Divino, mi favorita en uno de los géneros “sergioramireanos” en que puedo dividir personalmente –únicamente para mi gusto- su genial obra. Recuerdo perfectamente las vivencias particulares, acontecimientos, comentarios, interacciones, personas e incluso ideas, que se agolpaban en mi mente esos días precisos; los lugares exactos de la casa de mis padres donde la leí; los pensamientos que me causaba -dejándome enajenado como en un trance o en un acto de pura levitación- esa extraordinariamente elaborada historia, la cual pude contrastar en ese entonces con mis familiares paternos originarios de la ciudad universitaria.

Vinieron después otras lecturas precisas suyas que me dejaron entusiasmado por esa poderosa capacidad de abstracción remota que ejerce un escritor en la mente de un lector, cuando está ya atrapado en los hábiles recursos del palabrista.

Clave de Sol, con sus cuentos que podía recorrerlos tan fácilmente, ya que también crecí en uno de esos micro-cosmos “sergioramireanos” que son los ambientes provincianos, con sus contrastes y absurdas paradojas, excesos y contrasentidos; entendiendo entonces, como en un minucioso código fuente, las interpretaciones definitivas de mis propios referentes existenciales.

Podría abordar varios otros de sus excelentes trabajos, pero sería abrumar ociosamente esta cuartilla y perderme en la inutilidad ante la contundencia de su obra.

Solo me extenderé obligadamente en un libro que estimo transcendental: Tambor Olvidado, que a mi juicio, su lectura debe ser moralmente imperativa para cualquier nicaragüense, puesto que contiene los elementos primigenios, los átomos de ese caldo primordial de etnias y culturas en donde se coció a fuego lento nuestra complejamente sicológica nacionalidad.

Su interesante lectura deja en magras carnes a aquellos que se regodean vanamente en sus pretendidos orígenes peninsulares o en delirantes estirpes patricias; maromas para esconder ese tambor tribal de excelsas noblezas “encaitadas”, meras “aristocracias murrucas, de puro chicharrón con yuca”, como decía Fernando Zurita al occidente del país.

El reconocimiento a nuestro Sergio Ramírez es un premio a la lucidez, a la capacidad de re-inventarse; es una señal que invita a los jóvenes a plantearse el reto de su propia superación, de mantenerse despiertos para realizar los sueños, que al fin y al cabo, es el material irrompible con el que está hecha la literatura.

@carflom