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Durante 169 años (desde 1837) fue legal en Nicaragua el aborto para salvar la vida de la mujer, hasta que intervinieron la doble moral y los imperativos religiosos y politiqueros, y en el 2006 fue penalizado. Es casi incomprensible, insólito, que un gobierno conservador haya establecido una medida tan crucial para las mujeres, y que la haya quitado una administración pública que se autollama revolucionaria. Por la vida, ahora es imperativa la restitución de este derecho.

El asunto tan delicado y complejo del aborto debería verse solo desde el punto de vista de la salud pública, y quitarle los matices religiosos, porque en este ámbito se generan demasiadas contradicciones, y es cosa de nunca acabar. Debería ser suficiente para los tomadores de decisión, que hay que salvar la vida de la mujer, dada su importancia para la sociedad, y para la especie.

Pero este mundo no es tan sencillo, así que descendamos a la realidad de ideas encontradas donde muy a menudo se crea una cruel y perversa balanza, en la que en uno de los platos está un no nacido, y en la otra, una mujer. Nadie debería ser sometido a tomar una decisión que implique salvar solo a uno de los dos, nadie debería estar en tan terrible aprieto. Hay mujeres que llegan hasta el heroísmo de disponerse al sacrificio y, en algunos casos, ambos sobrevivieron, porque la medicina previene riesgos, pero no siempre es exacta. Esto es en los finales felices, que son los menores.

La decisión siempre es muy compleja, pero los hijos e hijas de una mamá, sobre todo si están pequeñitos, no deberían quedar huérfanos, ni siquiera ser sometidos al riesgo de convertirse en tales. Es un supuesto que nadie quiere causar orfandad, pero la provocan cuando no se salva a la mamá. En este caso, la balanza se complica más: por un lado el no nacido, y por el otro, los niños y niñas que ya nacieron, y que necesitan de su madre para sobrevivir, y la propia mamá. Son tan difíciles estas decisiones, y al mismo tiempo tan individuales, tan personales, que las mujeres deberían tener el derecho a inclinarse por un bien superior.

La sobrevivencia y continuidad de la familia está en juego con la penalización del aborto, pero aun así, no es tan sencillo optar por uno u otro lado. Prueba de ello son las posiciones enconadas que el tema suscita, y la intervención de grupos de poder que envenenan las discusiones con sus discursos interesados, muchas veces prejuiciados, y otras veces alejados de la realidad de la mujer y de los núcleos familiares, ya sea tradicionales o con ausencia de la figura paterna, que son la mayoría entre los más pobres, donde la mamá es madre y padre.

También está el caso de la mamá joven sin hijos, con embarazo complicado, en que su vida corre peligro, y un aborto la salvaría, lo que podría implicar que la balanza se incline no solo hacia ella, sino también a favor de todos los hijos y las hijas que no tiene ahora, pero que muy probablemente procreará en el futuro. Es decir, la mamá como reproductora, como sostén esencial de la supervivencia de la especie, tiene atributos excepcionales, esenciales, que obligan al género humano a hacer todo para preservar su vida.

Salvar a la mujer en situaciones cuando su vida está en riesgo, o cuando problemas de salud amenacen su efectividad laboral, o para la sobrevivencia y crianza de sus niños y niñas, debería ser suficiente para restituir el derecho al aborto; como también que las niñas violadas deban ser rodeadas de amor, mimadas, queridas y protegidas, en vez de poner en peligro sus vidas al exigirles parir.

 

cortesdominguezguillermo@gmail.com