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Los estudios que indagan el comportamiento de la pobreza en el país son frecuentes y no dejan, en algunos casos, de ocultar aspectos relevantes respecto al comportamiento de la "desigualdad". Mejoran los niveles de pobreza, y paradójicamente se incrementa la "desigualdad". Un tratamiento estadístico más completo y transparente explicaría este fenómeno vergonzoso. La pobreza y desigualdad son los fenómenos multifactoriales que afectan a la educación de múltiples maneras, sobre las cuales se hace necesario reflexionar.

A la par de esta interacción inevitable, suele atribuirse a la educación ser un factor más que clave para superar la pobreza. Pero, ¿cómo una educación, afectada profundamente por esta pobreza, podría ser un factor clave para superarla?

La pregunta no es fácil de responder y, a nuestro juicio, prevalecen representaciones sociales e imaginarios colectivos que se deben superar como país, si queremos que la educación que tenemos deje de ser parte del problema y comience a ser parte de la solución. Es necesario desmitificar la idea mágica de que la educación es la solución, si no profundizamos en tal supuesto y en los condicionantes que deberían acompañar a esta educación, para que la misma pueda ser factor primordial en la superación de la pobreza.

Las rutas internas que sigue la pobreza, al adueñarse de nuestra educación, son claras y precisas. La principal se ubica en la concepción que la Asamblea Nacional tenga respecto a si la educación es un gasto o una inversión y un derecho humano. Su porcentaje presupuestario continúa siendo pobre, lo que contribuye a que la educación también lo sea. En tanto, esta sea concebida y tratada de manera concreta como un derecho natural, y no una concesión o un gasto, para todos los nicaragüenses será posible enfrentar esta ruta de pobreza, que acaba predestinando a los ya pobres a continuar replicando la pobreza. Es obvio, incrementar el presupuesto educativo hasta un 7% del PIB, tal como lo plantea la Unesco, demanda hacer de ella la prioridad nacional y avanzar ágilmente hacia esta meta.

Otra ruta de pobreza se ubica en el currículum. Los avances exponenciales vertiginosos del conocimiento y de la tecnología plantean retos relevantes a los contenidos curriculares, debiendo actualizarlos e incorporar en ellos nuevas sensibilidades cognoscitivas que deben hoy ser ya del dominio de la niñez y adolescencia. Mientras no se logre avanzar en este escalón de pertinencia de los saberes, la pobreza continuará acechando en cada esquina del entorno educativo. Ello demandaría, tal como se hizo hace seis años, una gran consulta nacional a los distintos sectores sociales e institucionales.

Los cambios curriculares demandan siempre fortalecer la preparación, actualización y nivel de asunción de los docentes. Cuando nos gloriamos de una transformación curricular sin atender como se debe al sector clave que deberá desplegar este currículum en la acción, se aceitan los caminos internos de la pobreza en gran medida, abonando a una enseñanza esclerotizada y empobrecida, patrocinadora de aprendizajes envejecidos e infuncionales.

Un avance importante previsto como un escudo defensivo en contra de la pobreza educativa lo constituye la versión del currículum en competencias. Pero ello no es suficiente. Lo que importa, finalmente, es que las mismas se desplieguen de manera tal que los estudiantes "comprendan" lo que aprendan, "sepan aplicarlo útilmente" y sean capaces de "generar nuevos saberes".

El factor humano clave para que la educación crezca en calidad son los maestros y las maestras. Si se atienden con sensibilidad y empatía educativa sus urgencias profesionales y humanas, con salarios superiores a la canasta básica, y el país entero se compromete a brindar el apoyo moral e institucional que ellos y ellas se merecen, la educación se fortalecerá. Al no ser así, esta ruta de pobreza afectará, no solo a su calidad de vida sino los resultados de la educación.

Otro camino donde medra la pobreza interna se expresa en las condiciones físicas y ambientales de los centros educativos, así como en la casi total falta de medios didácticos y bibliográficos básicos. Ciertamente se han hecho avances en saldar esta deuda histórica con la construcción y rehabilitación de centros, pero la brecha aún es muy grande. En tanto estas condiciones físicas de centros educativos persistan, con condiciones deficitarias básicas para una vida y educación sana (luz eléctrica, agua potable, etc.), cuya ausencia califica a estos centros como pobres, estos ecosistemas educativos actúan como transmisores potenciadores de la pobreza.

La paradoja es clara, el sector rural que más produce y nos surte de vida, mantiene diferencias significativas con el sector urbano, con indicadores abiertamente más depresivos. Mientras tales brechas continúen o se profundicen, los centros educativos rurales estarán condenados a ser generadores de más pobreza y desigualdad.

Quizás el camino más sofisticado por el que transita la pobreza al interior de los centros educativos, se expresa en los métodos de enseñanza que continúan siendo utilizados, y en los aprendizajes que se desprenden. Cuando no se privilegia la comprensión de lo que se aprende, su puesta en práctica con sentido de utilidad, el desarrollo del pensamiento lógico y crítico, la capacidad de tomar decisiones y la vinculación con los problemas que vive el país y sus procesos de transformación, se dinamizan estas rutas de la pobreza y no el desarrollo.

Es importante que, como país, logremos pensar la educación para que sea parte de la solución y no incubadora, ni replicadora de la pobreza. Sin percatarnos, subrepticiamente, la pobreza ha anidado en la educación desde hace años, propiciando una cultura de comodismo y autoengaño, mientras predestina a los pobres que ingresan en su seno, propiciando y alimentando su segregación y segmentación social.