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Shakespeare escribió: "Estamos hechos de la materia de los sueños y nuestra pequeña vida termina durmiendo". Tomás Moro afirma que “el principal placer es la salud”. Los sueños se vuelven pesadilla, se esfuman, si no hay salud. Salud y sueños comienzan por la boca, con lo que en ella entra, comida y bebida, y lo que sale, las palabras, detrás de las cuales hay pensamientos y sentimientos.

Lo que comemos y la manera en que preparamos los alimentos, son principalmente cultural, herencia social aprendida en el círculo familiar donde pasamos la niñez y adolescencia, allí se impusieron parte de nuestras preferencias. Por eso, es difícil romper hábitos alimenticios, son rígidos, necesitamos asumir nuevas convicciones, a partir de la conveniencia personal, del aprendizaje, de la experiencia y exigencias de la salud o recomendaciones nutricionales, para modificarlos.

Somos lo que comemos. Cada cierto tiempo, casi todas las células del cuerpo se sustituyen, se eliminan las viejas y se producen nuevas. Se sustituyen, a partir de la información genética, el cabello, la piel, la sangre, los líquidos, los órganos, etc.; los alimentos ingeridos, su composición y propiedades, se incorporan en las células renovadas.

La herencia biológica define en las personas algunas características, fortalezas y vulnerabilidades; puede traer propensión a problemas de diabetes, presión arterial, cardíacos, enfermedades crónicas o debilidad en algún órgano. Sin embargo, la manera de comer y vivir, el legado social y familiar recibido determinan, reducen o agravan esa vulnerabilidad, sumado a los descuidos y abusos personales. En familia y sociedad, aprendimos a que nos gusten algunos sabores, maneras de comer y beber.

Puede ser que prefiramos café azucarado, refrescos endulzados, fritangas, alimentos salados, no comamos frutas, preferimos gallo pinto, huevo revuelto y frito en la mañana, no comamos vegetales, acompañamos todo con arroz frito salado, consumimos gaseosas embotelladas, carne condimentada, cerdo frito, nacatamal con tocino, sopas grasosas, etc. La forma de preparar alimentos y comer serán nuestras preferencias, y solemos transmitirlo a nuestros hijos.

Hábitos y costumbres se trasfieren, así como la manera de hablar y comportarse, valores y actitudes; sin embargo, en un mundo global e interconectado, las personas no tienen solo influencia familiar y comunitaria, sino social y mundial, confirman y diversifican esa influencia, se construyen paradigmas y esquemas de prioridades sociales, la publicidad entra hasta por los poros, inunda todos los espacios. Desde niños te invitan a consumir productos sintéticos y empacados, a visitar lugares de comida chatarra, y desde pequeño, te inclinan a preferencias dañinas que después, como cualquier hábito, cuesta dejar, y mientras tanto, tus células, las que el organismo renueva, van formándose con la basura tóxica que comemos o con los alimentos sanos y naturales que ingerimos.

Un hábito se adquiere por repetición consciente. Dicen los especialistas que necesitamos unas dieciocho repeticiones seguidas para asumirlo, pero al descontinuarlo, se pierde, se aprende y desaprende, se asume y olvida. Pasa con los hábitos alimenticios, con la útil costumbre de hacer ejercicios, con la de leer para aprender o distraernos, con lavarnos los dientes después de comer, lavarnos las manos antes de ingerir alimentos, bajar la palanca al usar el inodoro, no comerse las uñas, no sacarse los mocos delante de la gente, no ser mal hablado… Los hábitos sanos se incorporan en nosotros, contribuyen a la vida personal sana y a la salud familiar y social. Observémonos, veamos cuáles deberíamos asumir y cuáles cambiar.