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Se va 2014 y con él parte de nuestros sueños. Es un año que tuvo 366 días con sus noches y madrugadas para realizar proyectos, planes, cambiar de empleo, casarse, divorciarse, pero muchos se han quedado en el intento, esperando señales, circunstancias o situaciones que nunca llegaron a presentarse.

Sin embargo, los años no pasan en vano. Algo queda de todo lo que vivimos. Nuestra memoria es una grabadora oficiosa que registra nuestros instantes felices y trágicos. Por eso los invito a que escribamos en un papel las cosas buenas y malas que aprendimos este año, y nos daremos cuenta de que la vida vale la pena vivirla a pesar de lo terrible que pueda ser.

Por ejemplo, este año he aprendido a amar a mis seres queridos, amarlos realmente, sin condiciones, sin prejuicios, con sus virtudes y defectos. Entendí que todos somos diferentes y que el amor es lo único que trasciende de nosotros. Me di cuenta de que el amor se realiza solo cuando aceptas al otro con todo y sus demonios. Pero, obviamente, me costó la mitad de mi vida entender esto. Creí que el amor era de una sola vía, sin normas, sin reglas, sin principios, pero estaba equivocado. Me creí predestinado para ser amado y entregar el amor como premio y castigo. Un día de tantos descubrí que una persona me amaba a pesar de mis errores y mis defectos, y siempre estuvo conmigo a pesar de que quizás no era digno de merecerlo. Esa persona es mi esposa. Su firmeza me ha enseñado a saber vivir.

Este año he aprendido a conocer a Dios. No lo amo. Tal vez muchas lecturas me han apartado de lo verdaderamente esencial. Quisiera amarlo y sentirlo todos los días. Hasta el momento lo he ocupado como bombero, como muchos hacen, para apagar el fuego de nuestros errores. He creído ingenuamente que el Cielo es una especie de 911 y no un segundo destino. Le he pedido perdón tantas veces que ya me avergüenzo. No merezco que me mire a los ojos. Pero he aprendido algo maravilloso: la verdad humana está en las Sagradas Escrituras. Todo lo que hay fuera de estos textos es pura mentira y vanidad.

También he aprendido a no juzgar a los demás por las apariencias. Nadie sabe las razones por las que muchas personas toman decisiones que a tu juicio pueden parecer equivocadas. Nadie es capaz de leer el corazón ajeno. Juzgar es un atributo de Dios. No invadamos su competencia. No insistamos en compararnos con los demás. Cada uno de nosotros está hecho a imagen y semejanza de Dios o a imagen y semejanza del diablo. El molde que queremos lo escogemos en la vida.

He aprendido, ya entrado en años, a perdonar. Por muchos años mi corazón guardó resentimientos, pero estos han venido saliendo de mi cuerpo, evaporándose en el tiempo, huyendo exorcizados por el amor. Llegué a la conclusión de que el resentimiento y la venganza son aliadas de las enfermedades mortales. Solo cuando conoces el amor, realmente perdonas. Y solo cuando perdonas, eres libre. Si quieres tener un corazón que aguante toda una vida, perdona. Solo el perdón nos hace libres.

También he aprendido a no envidiar a nadie lo que tiene. No crean que el dinero es la solución a todos los problemas. Es importante pero peligroso. Creo que Dios le da dinero a alguien con algún propósito: para que sea feliz y comparta con los demás o para que se condene en su egoísmo. Quizás a mí no me dio suficiente porque podía llegar a desconocerlo. Nadie lo sabe. La naturaleza humana es indescifrable.

Y, finalmente, he aprendido a no tenerle miedo a la muerte. La respeto. Sé que nadie está preparado para enfrentarla, pero todo depende de la actitud que tengas hacia la vida. Creo que el sentido de nuestra existencia no está únicamente en lo que vivimos, sino en la actitud digna que tengamos hacia la muerte. Hace algunos años le temía a la muerte, padecía de pánico, y era un hipocondríaco incorregible. Ahora que he avanzado un buen trecho, la muerte comienza a ser un fantasma cómplice y familiar. A veces me la encuentro en la calle o se acuesta conmigo en la cama, pero ya vencí el temor. Sé que tal vez no hay nada después de la vida, o no sabemos qué nos espera. De todas maneras, una de las grandes ironías es que cuando crees que lo has aprendido todo, la muerte te sorprende y te deja con las ganas de haber vivido mejor.

felixnavarrete_23@yahoo.com