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En octubre y noviembre de cada año, un promedio de 150 a 200 estudiantes se  gradúan en las carreras de Diplomacia y Relaciones Internacionales. Togas y ceremonias en los diversos hoteles se llevan a cabo; finalmente el brindis entre los amigos que compartieron cuatro y hasta cinco años de clases en cada alma mater.

Pero más que ser motivo de alegría, es un dato estadístico que contribuye a llenarnos de pesar y tristeza. Por lo menos cada uno de los egresados ha invertido unos US$1,500 en sus gastos de tesis y graduación. Esa suma multiplicada por la cantidad de los egresados significa más de un cuarto de millón de dólares, que ingresaron a las arcas universitarias procedente de solo una carrera, pero que al final esta no sufrirá mayores cambios sustanciales para quienes siguen aún estudiando.

No cambiarán sus pénsum ni sus profesores. A muchos no les aumentarán el pago por hora-clase, no les darán su seguro social o por lo menos un aguinaldo. El sistema y modelo de enseñanza muy poco se desarrolla en unas, mientras que el resto queda estancado en el mayor esfuerzo pedagógico, metodológico y el nivel de conocimiento que cada docente imprima a su labor apostólica de la enseñanza.

Es sencillo no ir largo. Si buscás libros especializados del 2013 o 2014 sobre relaciones internacionales en inglés y español en Google, fácilmente te saldrán cientos de títulos a un precio de unos US$40 por ejemplar. ¿Y cuántos de estos están a disposición de nuestros estudiantes y docentes en los anaqueles de las bibliotecas universitarias? ¿Cuántas revistas especializadas están ahí mismo o a las que las universidades se han suscrito para que en línea estén disponible a los estudiantes y docentes? ¿Cuánto de este material estudiaron los recién graduados y sus docentes? ¿Y que de los idiomas extranjeros con los que deben salir? ¿Cuántos salen hablando inglés o mandarín para poder leer un libro especializado, o por lo menos un artículo de unas 20 páginas de su especialidad? En general, ¿cuántos salen con la cultura del consumo de información cualitativa y cuantitativa o capacidades analíticas?

Lo peor del caso es que nuestros estudiantes y recién graduados consumieron a la escuela occidental de las relaciones internacionales y hasta los más perversos como Fukuyama o Brzezinki. No aseguro que lo leyeron, sino que fue a quienes más se les mencionó.  Su visión del mundo y de las cosas gira  bajo la visión del excepcionalismo norteamericano y no bajo las nociones político-ideológicas  que impera en nuestro país.

Noam Chomsky, James Petras, Atilio Boron, Inmanuel Wallerstein, Samir Amin,  Felipe Cuevas Méndez,  Jean Guy Allard, Eva Golinger, Daniel Stulin, Néstor García Iturbe, Luis Dallanegra y otros estudiosos contemporáneos de la izquierda o neomarxistas son desconocidos, ya ni se diga sus obras. Conocemos el trabajo de Samuel Huntintong  sobre “el choque de civilizaciones”, pero no conocemos lo producido por Fidel Castro sobre ese mismo tema. Es un enorme problema de ubicación colosal y que hasta ahora parece que a nadie le importa. Eso nos dice qué tan distanciados podrían andar muchos de la visión de modelo que se desea construir en Nicaragua.

Desde ya y hasta los próximos años, sus padres han comenzado a llamar a los amigos para decirles: “Mi Chavalo se graduó de Relaciones Internacionales”.  Es correcto lo que hacen como padres, porque la estadística es cruda: de esos 200 graduados solo el 80% aspirará a encontrar un trabajo en la Cancillería. Otro 10% en el reto de instituciones del Estado, y un 10% más en las empresas privadas y las ONG. Pero de todo ese total, y siendo muy optimista, solo un 30% logrará conseguir empleo.

Me parece necesario insistir en que las universidades deben mejorar su oferta en pro de egresar profesionales con mayores capacidades para enfrentar el reto de los nuevos tiempos.