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Cuando lo vi, me pareció estar ante la peor de las perversiones contra la más hermosa de las profesiones que se hayan concebido, aquella por la que muchos han muerto y otros tantos han escrito miles de páginas sobre su ética, cualidades y estilo. Pero el 16 de septiembre de este año, un título de un telediario me llenó de un estupor hiperbólico. Rezaba así: “Perro muerde a su dueña”.

Horrorizado, se me vino a la mente aquel aforismo que reza: “Si un perro muerde a un hombre no es noticia, si un hombre muerde a un perro sí”. Pero en este país, donde la degradación de los valores morales y sociales ha hecho nido en sus cuatro puntos, hasta los medios de comunicación, la última esperanza que existe para indicar y analizar los hechos más importantes y hacérnoslo ver, se han degradado a tal forma, que ahora una nota en televisión tiene como tema la mordedura de un perro a su dueña.

El telenoticiario ha destrozado de un tiro todas las leyes del periodismo. El “gatekeeper”, es decir, el que decide cuál nota merece ser emitida o cual no, ha suspendido labores de pensamiento y las ha sustituido por a saber qué tumefacción temporal que le permita mayor tiempo en aire para ganar más publicidad. Y en ese sentido comercial, ha involucionado al profesional en un antropoide cuyo mayor logro es el de llevar algo a la Sala de Redacción.

Mar de Fontcuberta, en su libro “La noticia, pistas para percibir el mundo”, decía que cada sociedad tiene los medios que se merece, y que estos son un síntoma que arroja muchas pistas sobre el mundo que nos rodea. Pero también nos dice que el medio valora la información y su audiencia, y en ese sentido la respeta o no. En el caso de este telediario, es obvio que una información como esta, menosprecia nuestra inteligencia, y aún más.

Es la enajenación de la realidad que arrastra lo que de verdad se debe y se tiene que saber por, inescrupulosamente, vender espacios publicitarios. Es la ensalzación de la banalidad para esconder lo esencial, lo importante que pasa en nuestra sociedad. Es la anulación de los sentidos que incluye parte de nuestra culpa, porque aceptamos que esto pase porque somos parte de un sistema que nos atosiga con las televentas, con el comercio desmedido que ahoga aceras, cercena espacios públicos, y en última instancia, desea mecanizarnos en función de comprar algo.

Ahora los telediarios nos llenan de promociones, de “regalos” por audiencia y de rifas, y en esa plataforma, que Juan Pablo II llamó “capitalismo salvaje”, nos han arrebatado el derecho de decidir y decir qué se desea ver. Nos han cercenado la inalienable facultad de pensar y, lo peor, se han creído que tienen la famosa campanita que decía Carlos Estrada Lang, jefe de Información de Ovaciones, el diario mexicano, cuya intensidad medía la cuantía de una información. Que un perro muerda a su dueña, no suena esa campana.