Jorge Eduardo Arellano
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La cualidad sobresaliente de la personalidad de Cristo, que lo distingue de otros personajes de la historia, es que él tiene varias cartas de presentación: maestro, médico, abogado, predicador, consejero, exorcista, hacedor de milagros y redentor, entre otras.

Pero lo que hace grandiosa y única la personalidad de Cristo es su transparencia, su amor practicante por la verdad. Para ser transparentes necesitamos practicar siempre la verdad, no temerle ni mucho menos esconderla, pero los humanos somos tan sensitivos a la verdad como un animal nocturno a la luz. No nos gusta escuchar la verdad sobre nosotros mismos, pero decir la verdad es lo que configura la esencia moral de las personas, y Cristo comparó la verdad con la libertad al decir que la verdad nos hace libres.

También, solo nos gusta escuchar cosas agradables sobre nosotros o sobre las personas que amamos, para no enojarnos y para no sufrir. En palabras de Cristo la verdad es como la luz que nadie puede atrapar ni esconder. “Nadie enciende una lámpara y la esconde dentro de una jarra o la pone debajo de la cama. La luz se pone donde alumbre a todos,” dice el verso 8:16 del evangelista Lucas.

Cristo abogaba que lo dicho en secreto debe gritarse desde los tejados, dando a entender que la verdad no se puede ocultar siempre. Esta siempre va a emerger como la fuerza del agua que irrumpe a través de las corrientes indetenibles.

Entonces, ¿por qué a muchas personas quienes incluso son constantes visitantes de las iglesias o pertenecen a movimientos reformadores, de tendencia cristiana, tampoco les agrada escuchar la verdad? Por nuestra naturaleza humana, por nuestros temores y por nuestra fragilidad espiritual tenemos la tendencia a ser duales en nuestras actitudes y relaciones con los demás.

El problema es que cuando nos encontramos con personas honestas que practican la verdad y la transparencia, no nos caen bien; las calificamos como rudas. Pero de la práctica de decir la verdad siempre se aprenden grandes lecciones: primero, se evitan conflictos y segundo, la conciencia se libera de una carga ominosa llamada hipocresía y el corazón se relaja, lo cual produce la sensación grandiosa de libertad a la que Cristo se refiere.

Al lado de la práctica de la verdad, también camina la práctica de la compasión. Es por eso que Cristo, aunque es tajante en gritar las verdades también nos enseña grandes lecciones de compasión por los demás. Una de las parábolas de Cristo donde la verdad y la compasión brillan como el firmamento, es la del hijo pródigo; el hijo que reclamó su herencia y abandonó a su padre para irse a vivir una vida licenciosa.

No obstante, cuando no le queda ni un centavo en la bolsa toma conciencia de su vida lastimosa, reflexiona y decide regresar donde su padre, decirle todo lo malo que había hecho en su vida y pedirle perdón. Y tras su arrepentimiento y sinceridad surge la compasión de su padre. Porque la verdad también promueve compasión y perdón.

Cuando se practica la verdad, la transparencia, en cualquier negocio desde la venta de una propiedad hasta en las relaciones amorosas, los resultados son fructíferos, porque no hay malicia, no hay engaño. Lo contrario significa conflicto y sufrimiento. Practicar la verdad tiene un costo y Cristo pagó ese costo con su vida. Pero el fruto de su práctica de la verdad y compasión al mismo tiempo, tuvo un enorme impacto moral que contribuyó a la humanización de las civilizaciones posteriores a su existencia.

Ese es el Cristo que los verdaderos cristianos deben celebrar esta Navidad. El Cristo transparente, el Cristo practicante de la verdad.

 

Kansas, U.S.