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Sin duda alguna el tema de mayor resonancia en los medios de comunicación global de esta semana a partir del martes, fue el informe de 500 páginas emitido por el Comité de Inteligencia del Senado sobre las técnicas extremas de interrogación y tortura a los detenidos en prisiones clandestinas en diversos lugares secretos en el planeta.

El tema no es nuevo. Se trata de dos programas secretos de la CIA, sobre encarcelamiento e interrogación iniciados desde el 2002 y que en el 2003 salió a luz cuando el jefe del segundo programa expresó su deseo de desasociarse de cualquier manera por no estar de acuerdo con la forma brutal de tratar a los prisioneros.

A partir de esa fecha, el tema ha sido muy cuestionado por diversos actores y a su vez bien defendido por la jefatura de la Central de Inteligencia. Desde esa fecha hasta hoy, aun siendo esta varias veces renovada.

Son muchos los aspectos que se cuestionan y muchas las formas de defenderlos. Los primeros a la banca de los acusados son los presidentes de turno. El principal firmante inicial fue George W. Bush y Barack Obama lo continuó. El primero se defiende esgrimiendo que como resultado del 9/11, la CIA no tenía suficiente información sobre Al-Qaeda y sus reales intenciones hacia los EE.UU.

Se suponía, que inclusive podían detonar uno o varios maletines nucleares en cualquier ciudad de los EE.UU. Tal situación de incertidumbre demandaba aprobar cualquier método que facilitara la obtención de información de inteligencia.

Pero Bush logró estar dos términos en la Casa Blanca y el “desconocimiento inicial sobre Al-Qaeda y sus planes” se lograron hacer más visibles, pero las prisiones clandestinas por todo el mundo y los métodos de tortura continúan hasta hoy día con Obama sirviendo su segundo mandato. Casi quince años de aplicación de dichos programas inhumanos sin ninguna institución nacional o internacional, que los pueda obligar a detener su conducta y accionar amoral y despreciativo a las normas básicas y convenciones establecidas sobre el trato de prisioneros.

Al final todo se basa en supuestos. Si planeaban repetir los atentados del 9/11 o si iban a atacar nuclearmente es tan difícil de demostrar cómo, que tanta información útil y estratégica para prevenirlos ha salido producto de dichos métodos. O inclusive, si la obtención de información vía interrogatorio con tortura inhumana es parte o no del sistema de recolección de información de inteligencia humana.

Lo que si se puede demostrar es la doble moral de siempre del gobierno norteamericano en su conducta internacional, no importando si su presidente recibe o no un Nobel de la Paz.

Tom Gilligan, un oficial de la CIA de 28 años de experiencia operativa en América Latina, debe en estos días de meditar con mayor profundidad como lo hizo a finales de los 80 y 90, sobre qué debe hacer la Central para enfrentar las amenazas del siglo XXI.

En su libro del 2003 “La vida de la CIA- 10,000 días con la Agencia”, Gilligan, preocupado, recomendaba varios principios a seguir: a) Primacía del presidente en los asuntos internacionales, b) Mejores directores en la Central de Inteligencia, c) Mayor liderazgo en la Dirección de las Operaciones Clandestinas, d) Quitarse la Espada de Damocles del Congreso sobre el Ejecutivo.

Con esto, los EE.UU. caminarían seguro en un nuevo mundo de post Guerra Fría mejorando el quehacer principal de la Agencia y su eficiencia. Tom no se puede quejar. Desde el 9/11 ha tenido lo deseado, solo que hay un problema y es la mala imagen global que a diario se deteriora del imperio al que Tom quiere proteger.