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Pese a que la humanidad transita el siglo XXI, el mundo es un mapa geográfico de conflictiva naturaleza. Una tierra marcada por invasiones, guerras y ocupaciones; donde a los kurdos, siendo la Nación más grande de nuestro planeta, se les niega su identidad.

Excusas las hay muchas y la verdad es una sola; la avaricia del hombre por poseerlo todo. El Kurdistán, es una Nación que únicamente existe en las mentes y en los corazones kurdos. Opuestos siempre a la historia, los kurdos se han tornado una preocupación europea. Es un pueblo sin Estado, disperso sobre todo en cuatro naciones: Turquía, Irak, Irán y Siria; sus emigrados afluyen al Viejo Continente.

Medio Oriente no les ha tratado bien y son rechazados por Europa: a Italia le toca el rol de ser su muro de contención, Alemania teme que emigrantes kurdos que escapan de Turquía, lleguen a sus tierras. El pueblo kurdo no puede pasar las fronteras de Europa por el Tratado de Schengen (la fortaleza europea). Recientemente, Kurdistán estuvo sujeto a la represión alternativa de Irak (las tropas de Saddam Hussein, quienes causaron graves matanzas en 1988), y de Turquía, cuyas fuerzas de seguridad incendiaron sus aldeas queriendo acabar con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán.

Esa etnia de infausto destino, que vive también en Armenia, Azerbaiyán y Georgia, están ante una nueva incertidumbre; los kurdos protestan por la persecución que sufren en Turquía, impidiendo a los turcos figurar en la próxima expansión de la Unión Europea. La nueva encrucijada enmarca en la actualidad su problema histórico.

Kurdistán no logra constituirse como entidad independiente, quizá por ser uno de los territorios más ricos del mundo en petróleo, y por su magnífica ubicación estratégica entre Oriente y Occidente. La antigesta de los kurdos es el relato de una sucesión de fracasos que no ha conseguido expulsar fuera de la historia o asimilarlos, como pretendieron turcos e iraquíes en repetidas ocasiones.

Tras la derrota otomana en la Primera Guerra Mundial, se proyectó la esperanza de instaurar un Kurdistán. En 1920 firmaron el “Tratado de Sevres”, estableciendo la formación de un Estado independiente que incluyese Anatolia Oriental y la región de Mosul.

Los intereses económicos no tardarían en tirar por la borda tal esperanza: el Reino Unido que tenía bajo su mandato a Irak, consiguió anexar a su territorio la región del Mosul, muy rica en petróleo y poblada mayormente por kurdos.

Después, las fronteras que le concedió a Turquía el tratado de Lausana de 1923, englobaron otra parte de las tierras habitadas por kurdos, y el proyectado mapa del Kurdistán quedó en vilo, sin función alguna. Doce millones de kurdos permanecieron en Turquía y ocho en Irak: su suerte apuntaba a ser igualmente trágica.

Bagdad aniquiló a los kurdos respaldado por el Sha de Irán, mientras, Estados Unidos observaba inmutable. Luego, en 1998, Hussein sería responsable del genocidio de miles de kurdos, una matanza en la que ordenó utilizar armas químicas para “deskurdizar” el norte del país.

Desde 4 siglos antes de Cristo, el historiador griego Jenofonte, en su Anábasis, una obra clásica, hablaba ya de los kurdos relatando la aventura de una expedición mercenaria por la península de Anatolia. La primera división de este pueblo tiene lugar en el siglo XVII, entre el Imperio Otomano y el Persa, cuando se firmó el tratado de Kasri-Srin, en 1639.

En 1915, en plena Primera Guerra Mundial, el Triunvirato de los Pachás de Turquía, proclamó un plan de exterminio de las minorías kurdas, siendo perseguidos, asesinados, sus pueblos incendiados, ante la impasiva mirada de las potencias europeas, aliadas de Turquía.

En 1918, al disolverse el Imperio Otomano, el nacionalismo kurdo aumentó, sufriendo una férrea persecución y una feroz matanza. Al menos en Turquía, no tienen historia: carecen de idioma, de costumbres y, por supuesto, de Estado.