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Estar atentos a los signos de los tiempos es esencial para precisar, si es posible con anticipación, los desafíos que plantean las cambiantes realidades socioeconómicas y políticas y que exigen su adecuada asimilación para evitar crisis que mermen la gobernabilidad democrática.

Si algo caracteriza la globalización que vivimos, es la creciente movilidad de dos de los llamados factores de producción: capital y trabajo. La forma en que viaja el dinero a través de las nuevas tecnologías es, a veces, la de un clic. El número de personas que dejan sus hogares para trabajar en otros países y regiones no es menor. La migración laboral es un signo de los tiempos y característica de la época.

En América Central el fenómeno migratorio laboral es masivo y presenta, en algunos casos, formas inaceptables de trabajo; por lo que resultan indispensables programas nacionales, bilaterales, regionales y hemisféricos sobre migración --desde un enfoque basado en los derechos-- y que, en la medida de lo posible, respondan a demandas reales de los mercados de trabajo en los países receptores.

Una migración laboral correctamente regulada es condición para que sea equitativa, y esta lo es para la prosperidad compartida a la que aspiramos en las Américas, como apunta el lema de la Cumbre a realizarse en Panamá el próximo abril.

La promoción y generación de trabajo decente en cada país es esencial para que migrar sea una opción y no un escape a la falta de oportunidades de progreso en la propia patria.

Las cancillerías así como los ministerios de Trabajo deben promover sinergias para responder de una manera integrada al fenómeno migratorio contemporáneo. La cooperación con las organizaciones representativas de empleadores y trabajadores permitirá ofrecer respuestas integrales y no meros paliativos fragmentados al fenómeno migratorio laboral, que lleva a la movilización de millones de personas entre Alaska y la Tierra del Fuego y de ciudadanos americanos más allá del continente.

El tema migratorio está en la agenda de la Cumbre de las Américas.  Como lo ha señalado el presidente Varela: “Desde hace 5 siglos, el istmo de Panamá ha servido como ruta de tránsito de las civilizaciones. Hoy, nuestro país sigue cumpliendo ese mismo rol (...). Esto hace que seamos un país de convergencia (…). Los panameños sentimos una gran responsabilidad de contribuir a la búsqueda de entendimientos para mantener la paz social, promover la seguridad internacional y unir esfuerzos para la solución de los problemas comunes que nos afectan”. Si hay un país con tradición como espacio migratorio, ese es Panamá.

En temas como el libre tránsito de las personas, el rol de la administración del trabajo para una migración regulada o sobre el papel que en ella pueden jugar la inspección laboral, los servicios públicos de empleo y los institutos de formación profesional hay buenas prácticas en las Américas. Hay herramientas en el SICA, Caricom, CAN o Mercosur que pueden servir para que haya una migración decente, y diferentes acuerdos bilaterales migratorios laborales suscritos por Canadá con países del hemisferio son positivos.

Nadie puede desconocer que los migrantes pueden surgir por desesperación; sin embargo, se necesita valor para abandonar el propio terruño y valores para prosperar en tierra ajena. Los migrantes no se desentienden de los familiares que dejan ni de la propia patria. Un ejemplo son las remesas que envían.

 

Para hacer equitativa la migración laboral, la OIT ha venido desarrollando herramientas y estrategias que quiere poner al servicio de sus constituyentes.

 

(El autor es director de la Organización Internacional del Trabajo para Centroamérica, Haití, Panamá y República Dominicana).