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Todo parece que el embargo comercial de Washington hacia el régimen de La Habana está llegando a su fin. Las intenciones de ambas partes están ahí. Hay buena disposición. Cuba necesita abrirse. Y Estados Unidos necesita acercarse.

Pero los vecinos que se hacen mala cara no pueden estar enojados por más de 60 años. Obama dio los primeros pasos y Raúl Castro lo acepta.

Lo habíamos dicho hace algunos meses. Mientras Fidel llevó a Cuba del capitalismo al socialismo; Raúl ahora lo lleva del socialismo al capitalismo.

El comunicado de la Casa Blanca habla de medidas unilaterales que se van a tomar (¡y en diplomacia lo que se dice es lo que las partes han acordado!). Washington quiere mover sus fichas en dirección del comercio, el emprendedurismo y el empoderamiento de la sociedad civil.

Estas políticas ya en proceso son propuestas viejas de aquel embajador de EE.UU. en La Habana, en tiempos de la Guerra Fría: Wayne Smith. Luego se le sumaron otros analistas y estrategas. Se dieron cuenta del grave error del embargo: no hizo sino justificar a los Castro para que mantuvieran manos férreas sobre los disidentes de la revolución.

El error de los Castro: haber creído que alguna vez le importarían a Moscú o a Beijing. Al uno le interesaba la expansión territorial (y Fidel en un momento tuvo cruces fuertes de Kruschiov); mientras que a China solo le importa la expansión de sus mercados. Y en Cuba no hay siquiera mercado, hay tiangues, negocitos. Y el capitalismo tiene otro nombre: “cortoplacismo”.

Se dice que la liberación del activista estadounidense Alan Gross propició todo este giro inesperado que a todos nos sorprende. Cuba contará con la liberación de tres de sus ciudadanos prisioneros.

Pero no. El gestor de todo esto es un lejano practicante de la cordialidad y la diplomacia. Raúl le pidió el favor al enviado del papa Francisco a La Habana (¡ironía! El Vaticano ha sido utilísimo para favorecer e impulsar reformas que le interesan mucho al último bastión de la Guerra Fría en territorio americano).

Este es un mal ejemplo para Nicaragua, Bolivia y Venezuela.

Las buenas intenciones y los discursos concertados (una táctica muy usual en política) están a la vista. Hace falta esperar y ver los resultados. Estoy seguro que se darán a un ritmo diferido. La diplomacia siempre arrastra los pies. Pero los Castro ya arrastran su orgullo.

¡Enhorabuena!