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Se llama “Operación Milagro, una visión solidaria del mundo". Sensible y muy propio el nombre que lleva esta acción médica operativa. Sin embargo, cuidadosa y científica en todos sus detalles preoperatorios y posoperatorios, cuando de cirugía se trata. Es la acción conjunta de la brigada oftalmológica cubana, integrada para curar y restaurar la salud visual de los nicaragüenses que por miles se han sometido a esta atención prodigada con rigor científico, respeto y cariño por estos trabajadores de la salud, cubanos, hermanos nuestros; apoyados por algunos nacionales para el funcionamiento integral del equipo y bajo la dirección del Ministerio de Salud.

El programa comenzó hace cuatro años en Ciudad Sandino, luego se amplió a diversos lugares del país como Condega y Estelí; de forma ambulatoria, Ocotal y Nueva Segovia, en la cotidiana tarea de devolver a los seres humanos una de las más maravillosas sentidos como es la visión.

La clínica "Carlos Fonseca Amador” funciona en Matagalpa. La brigada más reciente en esta clínica está por terminar su misión en febrero de 2015, pero el trabajo continuará con su relevo correspondiente. La brigada en funciones está integrada por el doctor Aliet Hernández Santana, la doctora Ivet Fernández Espinoza y la doctora nicaragüense Danelia López. La integran además licenciadas en enfermería, laboratorio y optometría. Hasta la fecha, se han atendido de lunes a viernes a 162,900 pacientes, 15,633 cirugías del ojo con promedio de atención diaria de diecisiete intervenciones y setenta pacientes generales.

Es notoria la llegada de pacientes centroamericanos, pues la eficiencia médica ha trascendido las fronteras de Nicaragua. Estos pacientes desearían contar con la solidaridad cubana, de la cual nos hemos beneficiado los nicaragüenses. También se han beneficiado pacientes norteamericanos en tránsito y algunos residentes en el país que, a pesar de tener recursos y de poder atenderse en su país, se han puesto en manos de la brigada, reconociendo su alto grado de profesionalismo y el uso de tecnología médica de alto nivel, la cual ha sido traída al país por la brigada. De igual manera, se han atendido a pacientes europeos como es el caso de un sacerdote que trabaja en una comunidad de Estelí.

Al sureste de la fresca ciudad de Matagalpa, el ambiente mañanero y el acento franco y llano del personal isleño me atrajo al entrar a la clínica, y no se me hizo necesario ir en busca de un café. Sin embargo, como habitualmente uno se siente en las citas médicas de nuestros hospitales, pensé que ese día no saldría de aquel estrecho pasillo con sencillas bancas llenas de gente, que silenciosas esperaban. Muy solícita la atención, se me orientó que me sentara y esperara.

Nadie me dio número y yo impaciente solicitaba ese requisito. No obstante, me fui deslizando en la banca rápidamente y entré a la consulta. Fui examinada por una médica y me dieron un papelito, citándome para dentro de seis meses porque mi problema no ameritaba aún una cirugía en el ojo.

Mi mayor tiempo de estadía en las tres consultas previas a mi tratamiento, fue con los médicos y no con la burocracia del manejo del expediente. Después del tratamiento hubo una atención personal e interesada en mi bienestar como paciente, con lo cual me pareció todo lo contrario a la visita inicial: que no estaba en Nicaragua en un hospital público ni en las clínicas previsionales, ni siquiera en una privada. Estaba en un lugar especial y privilegiado. Eso es motivo para agradecer a estos hermanos, no solo por su ciencia que es condición inherente a su profesión, sino especialmente por su humanismo, solicitud y paciencia prodigada, igual que a mí, a todos aquellos pacientes que pasan cotidianamente por sus manos.