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La Navidad es la fiesta que tradicionalmente celebra la cristiandad del universo entero, la penúltima semana de diciembre; de manera especial el 25 de dicho mes. A veces esta celebración la mayoría la hace extensiva días antes y después, pues en ese tiempo, generalmente se dan y se toman vacaciones navideñas, a excepción de los servicios necesarios para la subsistencia. Puede decirse que se suman a ella, aun los no creyentes en su motivación, celebrándola a su manera.

Esos alegres días, las visitas van y vienen, los árboles navideños, los bonitos altares del nacimiento, los regalos, las tarjetas de felicitación y los buenos deseos, lo mismo que comunicaciones diversas en tal sentido, cartitas infantiles al Niño Dios y la común imagen de Santa Claus, todo desde los primeros siglos de nuestra era, desde que la doctrina cristiana viene proliferándose por doquier.

El motivo es la natividad de Jesús, nuestro Señor y Redentor. La fecha ha marcado el comienzo de la era en que vivimos; el gozoso nacimiento de nuestro redentor Jesús, Dios y Hombre, que por su infinito amor a los seres humanos, al hacernos a su imagen y semejanza; y que viviendo como él ha querido, al extinguirse nuestra vida nos llevará al disfrute de su reino. Por ello, vino a redimirnos y a salvarnos.

Y siendo Dios Tri uno, quiso en su segunda persona, hacerse hombre en el vientre purísimo de la siempre virgen María, la mujer más pura y bella del universo entero; y engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo, tercera persona de su Sacrosanto Misterio; teniendo como padre adoptivo al bienaventurado san José. Celebramos una fecha memorable, un acontecimiento en Belén de Judá, un nacido exento del pecado original, siendo el Mesías anunciado anteriormente por los profetas de Israel.

Habiendo sido perseguido desde su nacimiento, por el rey Herodes, que creía venía a quitarle su reino; lo que también pensaban los fariseos sacerdotes judíos que les quitaría su poder, al darse cuenta de que desde el comienzo de su vida pública, que fue a los 33 años cumplidos, comenzó su mensaje de salvación y muchos le seguían. Ellos, celosos los que a su manera creían en el Dios de sus antepasados, le persiguieron hasta crucificarle.

Consiguiendo su condena, del pretor de Galilea, Poncio Pilatos, trató de negarse pero a su insistencia lo consiguieron. Él tenía de presidiario al famoso delincuente Barrabás y les propuso escoger entre dicho maleante y el divino Jesús; ellos y el populacho que les seguían, gritaron insistentes, pidieron la crucifixión de nuestro Señor; a lo que accedió y lavándose las manos, dijo: “No soy culpable de la muerte de este justo y si ustedes eso quieren, crucifíquenlo”.

Antes y mientras cargaba su cruz hasta el Calvario, inmisericordes lo torturaron y escarnecieron como quisieron; y ya agónico pidió a su amantísimo padre, les perdonase porque no sabían lo que hacían. A su apóstol San Juan, le dejó como legado a su santísima madre, de quien también la mayoría de los católicos, que nos autoreconocemos marianos de manera especial en nuestro país, nos sentimos partícipes de tan inconmensurable legado.

Después de la resurrección gloriosa que el mundo cristiano conmemora al final de la Semana Santa, se comienza del festivo diciembre, de manera especial en Nicaragua y en todas partes donde residen nicas cristianos y marianos, la alegre celebración de las purísimas. Permítanme aprovechar este medio, para con sinceridad felicitar a todos, especialmente a su Santidad Francisco, que recién el 17 de diciembre estuvo de cumpleaños. Que el Señor nos colme de sus bendiciones esta Navidad y siempre.