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Otrora regulado por los acuerdos entre Estados Unidos y Arabia Saudita, el mercado petrolero está cada vez más fragmentado. Ello anticipa un período en el que imperará la ley del más fuerte, hasta que aparezca un orden, quizá pospetrolero, como parte de un nuevo mapa energético global.

El pasado 27 de noviembre, los ministros de los doce países que integran la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) decidieron mantener los actuales niveles de producción, aunque el precio del barril de crudo esté en picada, y pese a la proliferación de crisis con honda capacidad desestabilizadora. No es la primera vez que ello sucede, siendo una temática eminentemente política.

Los precios del petróleo no tienen nexo con la ley de la oferta y la demanda, como sucede en todos los mercados especulativos con el volumen de los capitales que especulan sobre el mismo.

No obstante, en el petróleo entrelazan algunas situaciones extraordinarias al tratarse de una mercancía que en la historia contemporánea tuvo la capacidad de hacer caer regímenes, encumbrar gobiernos y diseñar el mapa geopolítico de regiones enteras.

Así como asistimos a una desarticulación geopolítica global, el mercado petrolífero atraviesa una sucesión de cambios bruscos que en alguna medida contribuyen a explicar la situación actual.

Sobre los bruscos cambios en el mercado del petróleo, abundan las suposiciones revestidas de rigurosos análisis que a menudo ocultan parte de la información, recurriendo a conspirativas teorías para explicar lo que sucede.

En gran medida, esto es consecuencia de la opacidad del mercado del petróleo, un sector altamente cartelizado, donde el poder decisorio está concentrado en un grupo de países y empresas que condicionan al resto sobre cuotas de producción, canales de comercialización y monedas en las que debe transarse.

En el último medio siglo, la estrategia ha sido bien clara: petróleo y gas fueron las bases de la seguridad nacional, ya que el acceso privilegiado a fuentes seguras a precios preferenciales (Medio Oriente) otorgaba a Estados Unidos “ventaja competitiva en relación a las potencias rivales”.

El poderío de Estados Unidos reside a la vez en su moneda, el dólar, cuyo uso impone al resto del mundo, gracias al control que ejerce sobre el mercado del petróleo y su ejército.

Las cosas cambiaron con el gas y petróleo de esquisto, haciendo que Washington tuviese mayor capacidad en la confrontación con países petroleros hostiles como Irán, Rusia y Venezuela; siendo este el punto donde se cruzan las principales dificultades. Si la arquitectura de la gobernanza energética cruje como todo el sistema, no se adivinan los nuevos cimientos que orienten un nuevo sistema.

El petrodólar que integraba el núcleo de dicha arquitectura desde 1973, basado en la alianza que Estados Unidos y Arabia Saudita establecieron en 1945 al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se está desmoronando vertiginosamente. “En un sistema desregulado de acceso a los recursos energéticos”, “prevalece la ley del más fuerte”.

Los más afectados son los que no producen petróleo ni gas, como Europa, y los que carecen de poder militar para imponer su voluntad. Una vez más, la alianza Rusia-China cuenta con los dos factores decisivos, a lo que puede sumarse la creciente asociación de intereses entre chinos y saudíes.  

Los Estados son libres de obtener su electricidad de la fisión nuclear, gas, carbón, energía eólica y paneles solares, y con la más reciente caída de la cotización del crudo parecía más perentoria la necesidad de cortar la total dependencia petrolífera. Según analistas, nos aproximaríamos a un shock en el mercado del petróleo, con efecto dominó sobre las bolsas de valores a nivel mundial.

Esta vez el epicentro de la eventual crisis no sería el sector inmobiliario ni el bancario, sino el energético. Hay que tener presente que el orden mundial nacido en la segunda posguerra mundial tuvo en el petróleo el nudo gordiano que está empezando a desatarse.