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En nuestras familias, y en la sociedad de hoy, enfrentamos frecuentemente el problema de la desconfianza. No creemos en los demás; no creemos en nosotros mismos. No creemos en los políticos que nos gobiernan. Pensamos que son incompetentes o interesados. No creemos en la buena intención de otros países y vivimos en un continuo recelo internacional.

Los políticos quieren ganarse adeptos, amigos, partidarios que les apoyen en sus intentos de cooperar al mejoramiento de la situación de sus naciones. Todos sabemos la campaña que se organiza en este país con el objeto de todo tipo y para encausarse a futuras elecciones.

Pero a veces todo es promesas, planes, propósitos de mejora por parte de nuestros líderes políticos que quieren que sus ideas se realicen y buscan quienes les apoyen, les den su voto, les ayuden a triunfar y a aplicar sus planes de cambio de mejora de la sociedad. No desean que sus proyectos vayan abajo; los consideran muy importantes.

Vivimos tan confundidos que no sabemos a quién creer. Aparecen líderes políticos y religiosos de todos los tonos, con doctrinas y ejemplos a veces contradictorios. Unos gritan que pongamos los ojos en el desarrollo económico, que allí es donde está la felicidad, y nos acostamos amargados y frustrados.

Otros nos dicen que Dios está de sobra y que el hombre es su propio dios, independiente y libre. Y se llenan las calles y los periódicos de protestas, de grito de liberación, de legitimación de drogas, y abortos, de amor libre. Total vemos que el hombre no es Dios, sino un ser humano limitado.

Andamos desorientados, sin confiar en nadie de verdad y extraviados en rutas equivocadas. Cuando los hombres quieren mostrar su poder, realizan cosas espectaculares, cosas que no se han visto, que impresionan: descomponen los átomos, desembocan en la luna e incluso trabajan en ella, en otros planetas.

Pero todo esto es en realidad un diminuto salto de pulga dado que el hombre no se transforma, sigue siendo el mismo, con los mismos defectos: vanidoso, egoísta y mezquino.

Nos encontramos en una Nicaragua que necesita construir muchas vías de comunicación: hombre-Iglesia-Estado. Para comprometernos en realizar buenas prácticas políticas, sociales, culturales, humanas y religiosas que no vayan al interés propio. ¿Cómo somos y cómo estamos? ¿Es tan difícil hacer un cambio dentro de una sociedad? ¿Qué podemos hacer por nuestra Nicaragua que sigue convulsionada por nuestras malas acciones?

Los seres humanos, en general, aborrecemos la opresión, la esclavitud, a veces no importa el alto precio a pagar por la libertad. Pero esa libertad hay que cuidarla, saber administrarla. Libertad humana y libertad espiritual, una la da la sociedad y la otra se origina en la fe que tengamos. Se acaba un año, comienza otro, es tiempo para renovar principios, compromisos y sentimientos.

Renovar la promesa de hacer de este país uno mejor. La armonía se logra cuando cada uno contribuye al bien común. Estas dos palabras: bien común, son las que deben inspirar nuestras acciones. Cuando el interés personal y egoísta se antepone al bien común, se rompen entonces la unidad y la concordia. Seneca decía: “Nadie ama a su patria porque ella sea grande, sino porque es suya”.