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Durante el mensaje navideño a los miembros de la Curia Romana --el gobierno central de la Iglesia--, el papa Francisco sorprendió de nuevo gratamente al mundo. El papa continúa actuando y hablando exactamente como Jesús lo estaría haciendo. Esta vez señaló los mayores defectos de la alta jerarquía de la Iglesia. “Como cualquier cuerpo humano, la Curia sufre de infidelidades al Evangelio y de enfermedades que hay que aprender a curar”, advirtió Francisco, enumerando quince males, que quisiera destacar por su relevancia.

El primero es sentirse inmortales e insustituibles. “Hay que visitar los cementerios para ver los nombres de tantas personas que se consideraban inmunes e indispensables”, comentó. También señaló la “petrificación mental y espiritual” que les impide tener una mentalidad abierta y un corazón misericordioso como Jesús, encasillados en la rigidez de las tradiciones, con una actitud que los nicaragüenses solemos llamar “cuadrada”. El papa se refirió también al “alzhéimer espiritual”, que los lleva a olvidar el fervor religioso, cristiano, que tuvieron al inicio de su ministerio como pastores de la Iglesia.

Otras graves patologías señaladas por Francisco son la “rivalidad” y la “vanagloria”, que los conduce a vivir en el mundo de las apariencias y de la vanidad. En la lista, el Vicario de Jesucristo en la tierra incluye la “esquizofrenia existencial” de quienes olvidan que están al servicio de personas concretas, que viven una doble vida y se limitan a realizar trámites burocráticos, dependen solo de sus propias pasiones, caprichos y manías, y construyen a su alrededor muros y costumbres, que sabemos que a veces se convierten en murallas impenetrables.

Mencionó la enfermedad de los “chismes” y la “cizaña”, que caracterizan las intrigas palaciegas del Vaticano, llamándolas “terrorismo” por los destrozos que provoca. Además de “la indiferencia hacia los demás” y la “cara fúnebre” de algunos prelados que así, severos, reservados, quieren parecer más encumbrados y lejanos del común de los mortales. El papa Francisco considera que los pastores de la Iglesia “deben ser personas amables, serenas y entusiastas. Deben transmitir alegría”. “¡Qué bien hace una buena dosis de humor!”, recomendó. Francisco, que rechaza toda ostentación papal, incluyó entre los males el de “acumular bienes materiales” y pertenecer “a círculos cerrados”, así como “la mundanidad y el exhibicionismo”.

Leer esta noticia no me sorprendió demasiado: “Es el estilo del papa Francisco”, pensé. “Está actuando como el mismo Jesús”. Recordé cómo Jesús le dijo a San Francisco de Asís en el siglo XII: “Francisco, repara mi Iglesia”, y hoy se lo ha dicho al corazón de nuestro querido pastor universal en el siglo XXI: “Francisco, repara mi Iglesia”. Y Francisco lo está haciendo. ¡Hay mucho que reparar!

¡Cómo me hubiera gustado ver la cara de algunos cardenales y monseñores de la Curia Romana mientras Jesús les llamaba la atención por medio del Santo Padre! Y mientras leía esta refrescante noticia agradecía a Dios por darnos a este papa que repara su Iglesia, nuestra Iglesia. Al mismo tiempo, imaginaba la “cara fúnebre” de aquellos prelados y agradecía a Dios porque nuestro querido cardenal Leopoldo Brenes no tiene “cara fúnebre” sino el rostro sonriente como el del papa Francisco, como el de Jesús, porque su ministerio está inspirado en la sencillez y sabiduría del Evangelio, y colabora eficazmente con el Santo Padre en reparar la Iglesia de Jesucristo, empezando por pastorear con amor de padre, hermano, amigo y pastor esta porción de la Iglesia que peregrina en Nicaragua.

Tanto el papa Francisco como nuestro cardenal Leopoldo Brenes tienen quienes los rechazan y critican. ¡Buena señal! ¡Así los tuvo Jesús!