•  |
  •  |

Las acciones humanas y naturales entre las que nos movemos conllevan una compleja y constante interacción e influencia que implican riesgo de ser afectado de diversa manera e intensidad. Ante ese riesgo personal y social se puede reaccionar de manera sobredimensionada o subdimensionada. Existe uno objetivo o real y uno percibido. Reaccionamos ante lo que percibimos que no necesariamente corresponde a lo real. En el equilibrio razonable, cuyo balance depende de la información, actitud, influencia familiar y social, estado emocional, experiencias anteriores, de la manera de interpretar el entorno, radica la capacidad de vivir y desarrollarse con serenidad. Sobredimensionar un riesgo inmoviliza, exacerba las pasiones, siembra temor constante y pánico, restringe las actividades personales, infunde preocupaciones ante la amenaza que percibe. Subdimensionarlo lleva a actitudes temerarias e irresponsables, falta de cautela necesaria.

En la calle, los riesgos más comunes se vinculan a los accidentes de tránsito, a ser víctima de robo en la vía pública. En lugares cerrados y públicos se relacionan a la afectación de la salud por virus y bacterias que por temporadas se intensifican en nuestro entorno tropical y de pobreza. Hay peligro al ingerir alimentos en la calle que se manipulan con las manos sucias, después de tocar dinero, o cuando los comestibles no han sido adecuadamente lavados o cocidos.

No hay actividad humana y social ajena a peligros. Hay riesgo por estar solo o acompañado, de estar en casa o en la calle, de viajar, hacer ejercicios, ir a lugares públicos, trabajar, invertir en un negocio, comprar un artículo, hablar por teléfono, usar la computadora, visitar un hospital, ir al mercado, subir a un taxi, abordar un bus, conducir un automóvil o una moto, manipular un aparato mecánico o electrónico, de cocinar, de comer, de beber agua, de hacer deporte, etc. Hay actividades, lugares, horarios y circunstancias que implican menor riesgo que otras. La clave personal y social radica en la manera de enfrentar, abordar y organizar nuestras reacciones ante el riesgo cotidiano.

Los riesgos que enfrentamos los podemos clasificar en tres grandes categorías: i) los que afectan la salud, por lo que comemos en la calle o en casa, por el ambiente que respiramos, por la interacción con otras personas, y ii) los vinculados a la seguridad ciudadana, particularmente el ser víctima de robo, por lo que aseguramos nuestra vivienda y vehículo, nos movemos sin objetos de valor visibles, ante el robo creciente de celulares, mochilas, bolsos, carteras y prendas, y iii) los relacionados al ordenamiento vial, particularmente accidentes de tránsito, por los daños materiales y el engorroso camino de los trámites, ser lesionado por imprudencia propia y ajena; la falta de control y la actitud temeraria de conductores y peatones, aumenta el riesgo vial.

El primer riesgo que las personas tenemos en nuestro entorno afecta la salud (aunque también la inseguridad ciudadana y vial son problemas de salud pública), no siempre nos percatamos de ello, nos acostumbramos. El segundo es en la vía pública por imprudencia, accidente o robo, la brecha entre hechos delictivos que realmente ocurren y la percepción sobre ellos en Nicaragua es casi el doble, en El Salvador, tres veces más alta, nuestra reacción responde a dicha percepción, se convierte en sensación de inseguridad con independencia a los datos. En los últimos meses del año y durante las fiestas, suben estos riesgos.


www.franciscobautista.com