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Roberto Arellano Sandino (Granada, 13 de julio, 1938-Managua, 26 de diciembre, 2014) ha sido el primero de mis hermanos en abandonar este mundo después de la tragedia familiar del terremoto, ocurrida también en diciembre, hace 42 años, cuando perecieron Nelly Sandino Vargas más Verónica, Yolanda, Lucía y Matilde Arellano Sandino. Es decir, mi madre y cuatro hermanas menores. Quizá por esta coincidencia el golpe fue más doloroso.

Segundo de mis 17 hermanos, Roberto dejó muchos amigos y numerosos recuerdos. Con su desaparición, también se ha ido parte de nosotros, de nuestra vida, en la que él incidiera con su permanente apoyo y ejemplo. Lo mismo podrían afirmar mis hermanos. En cuanto a su rol de hijo, nuestros padres recibieron de él solo nobles acciones.

El más grato recuerdo de mi hermano es su dimensión deportiva, mejor dicho, como jugador de futbol, hasta el punto de haber intentado ingresar a la liga profesional española. Así lo expresó: "En julio de 1958 llegué a la ciudad de Zaragoza, en donde un padre jesuita me conectó con uno de los dueños de Primera División: el Real Zaragoza. Algunas semanas, y en varias ciudades españolas, traté de pasar la prueba rigurosa; pero los directivos no me permitieron, a la vez que practicar y jugar, estudiar la carrera de Derecho. De manera que abandoné el futbol y viajé a Madrid, donde me inscribí en la facultad de Derecho de la Universidad Complutense". Y Roberto continuó su testimonio: "Atraído por el recuerdo de la gran Lutecia, decidí partir a París para matricularme en el curso de 1959-60 en la Faculté de Droitet des Sciencies Economiques, correspondiendo mi número al 3,517". Esta experiencia lo marcaría para siempre.

Roberto cursó la primaria y los tres primeros años de secundaria en el internado del colegio Salesiano de Granada --establecido por sus tías bisabuelas Luz y Elena Arellano--, donde se destacaría como deportista y monaguillo. Al parecer, quisieron inducirle a la vida religiosa, incorporándolo al aspirantado existente en la parte trasera del colegio en tiempos del "Señor Obando", más tarde arzobispo y ahora cardenal de la Iglesia, su amigo y admirador.

Realmente, su calidad de futbolista hizo posible que ingresara al Colegio Centroamérica; allí cursó el cuarto y quinto año de secundaria para bachillerarse en la trigésima sexta promoción que en febrero de 2008 cumplió 50 años. Mi hermano, su tocayo y pariente Roberto Cuadra Barillas y otros organizaron esa conmemoración a la que fue invitado el jesuita español Tarciso Parado, hoy residente en el colegio de Managua y antaño uno de sus valedores. En los ‘Recuerdos’ del colegio de 1957-1958 se consigna que el equipo del Centroamérica logró anotar 33 goles en la categoría mayor de la liga intercolegial, dejándose meter 29; pues bien, 14 de los primeros --se lee en la publicación-- los consiguió "el excelente jugador y abnegado capitán Roberto Arellano". De ahí que fuese distinguido como el mejor deportista del colegio y premiado con la medalla de oro. ¡Un gran ejemplo y no menos orgullo para mí!

A su regreso de Europa, continuó estudiando Derecho, protegido por el padre León Pallais, en la UCA, e impartiendo clases de francés en colegios públicos y privados, hasta graduarse con la tesis ‘El delincuente’ (Managua, febrero, 1968). "Desde entonces --escribió en 2003-- he ejercido la profesión con gran suceso, primero en el Bufete de nuestro padre, el doctor Felipe M. Arellano Cuadra, y después en el mío; con los años, se incorporó a este, Jorge Arellano Castillo. Fui abogado de varias instituciones financieras, como el Banco de América y el Banco de la Producción S.A., de numerosas casas comerciales, como Casa Mántica y Supermercados La Colonia S.A. Y de algunas compañías extranjeras. En la actualidad laboro como notario del Banco de la Producción de Managua".

Casado con Maritza Castillo de Arellano --especialista en transacciones internacionales-- procreó tres hijos: Maritza, Roberto y Jorge, los tres profesionales y residentes en el extranjero. "La profesión, gracias a Dios, me ha dado todo en la vida", puntualizó. Y no solo ella, sino la suerte (se sacó la lotería dos veces), la habilidad, la inteligencia y su humor especial que hiperbolizaba situaciones que agradaban, pero que él gozaba más que nadie.

La muerte en ‘Las mil y una noches’ es considerada "la separadora de amigos". Pero también los convoca y, sobre todo, promueve la unión fraternal: sentimiento que dicta estas líneas.