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En los años setenta, los japoneses sabían cómo coordinar los objetivos del sector estatal y privado, pero luego perdieron el rumbo. Según Eisuke Sakakibara, uno de sus prominentes economistas y artífice del “milagro” japonés de los años ochenta: “ahora deberíamos emular a los surcoreanos”. Los japoneses en pos de un milagro viajan a Seúl.

Para el economista de libre mercado Fumio Hayashi, en Japón, el tiempo transcurrido entre 1990 y 2000 se denominó la “década perdida”. El país actualmente completa una segunda versión de dicha era. La mayoría de los ecónomos japoneses más o menos convergen en la razón fundamental para ese espectacular estancamiento: los japoneses bajaron el ritmo de trabajo.

Menos horas trabajadas, más vacaciones y una decreciente población (desde 2005), como era de esperarse, socavaron el crecimiento japonés. Para revertir tal situación, expresa Sakakibara, “los japoneses deberían trabajar más, tener más hijos y permitir la inmigración”. Sin embargo, no existen los incentivos para que algo similar ocurra.

Gracias a sus pasadas inversiones, los japoneses todavía viven confortablemente, un 33% mejor que los surcoreanos. Sus empresas en el exterior siguen siendo rentables y el país aún es líder global en plataformas de alta tecnología como la electrónica o las fibras de carbono.

Por ejemplo, el iPhone de Apple y el último avión de Boeing están fuertemente inspirados en innovaciones patentadas por los japoneses. Estas ventajas comparativas pueden mantener como líder a Japón durante un tiempo, pero solo hasta que China o Corea del Sur lo alcancen.

Lo anterior supondría que Japón estuviese agobiado por la ansiedad, pero no es así, más bien están surgiendo nuevas formas de pobreza y desempleo, pero se mantienen solapadas detrás de la solidaridad familiar o ciertas costumbres corporativas.

Las empresas reducen los bonos anuales de sus empleados superfluos, más no se deshacen de ellos. Los japoneses jóvenes tienden a no trabajar antes de los 30 años y las mujeres casadas se quedan en casa.

Los partidos políticos basados en un electorado que envejece, no se sienten motivados a promover el cambio. El arquetipo de inestables y efímeras coaliciones políticas que gobiernan hoy Japón, prefieren ganar tiempo a través del llamado estímulo público, o preservar empresas ineficientes subsidiadas.

Sin perjuicio del partido en el poder, veinte años de estas políticas cortoplacistas, han alimentado la deuda del gobierno, entorpeciendo la inversión privada.

Lo más irónico es que el estancamiento ha encontrado sus promotores en el propio Japón. Un intelectual público de renombre, Naoki Inose, quien también es vicegobernador de Tokio, declaró que “la era del crecimiento terminó”.

Cuando Japón estuvo amenazado por el imperialismo occidental, el país tuvo que abrirse (en 1868) y modernizarse. Este proceso ha concluido. Hoy día, Japón está listo para reconectarse con su propia tradición de armonía social y crecimiento cero.

Sobre el período 1600-1868, Inose habla de este futuro como la Nueva Era Edo: “una población más pequeña gozará de la suficiente riqueza que se ha acumulado y, de ahora en adelante, invertirá su creatividad en refinar la cultura”.

El primer período Edo colapsó cuando la Marina de Estados Unidos abrió el mercado japonés con la llegada de los “barcos negros” del comodoro Perry en 1853.

Esta segunda Era Edo puede sonar como una utopía poética, pero tiene cierta influencia: Sakakibara observa que los estudiantes japoneses ya no estudian en el exterior y que “nadie aprende inglés”.

En un momento en que los surcoreanos se tornan más globalizados, aprenden inglés y le dan la bienvenida a una creciente cantidad de inmigrantes, Japón parece ingresar a un “proceso de desglobalización”.

Realmente, es una tendencia preocupante, no solo para Japón, y Corea del Sur no puede representar la única democracia asiática. Si los japoneses no se despiertan de su sueño Edo, Asia bien podría convertirse en un imperio chino.