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“Mi nombre es Franklin y tengo 18 años. Viví solo con mi mamá hasta los ocho años, porque mis padres se habían separado. Mi madre trabajaba en la zona franca y mi abuela se encargó de cuidarnos a mí y a mis dos hermanos. Después mi madre se reconcilió con mi padre y se fueron a vivir juntos de nuevo, pero mi padre tenía todos los vicios, fumaba piedra, marihuana, bebía guaro y nos trataba muy mal.

Yo tuve una infancia triste por la violencia de mi padre, nos golpeaba con alambres, faja, garrotes, con lo que agarraba y yo me le escondía o me iba a la calle. A los trece años empecé a rebelarme y a agarrar la vagancia. Me metí en una pandilla y con los otros chavalos del barrio nos dedicábamos al robo, a pelear con los “traidos” y a fumar piedra.

En los pleitos usábamos armas hechizas, pistolas 38 y fusiles que conseguíamos en el barrio. En mi grupo tuvimos tres muertos y un amigo mío quedó en silla de ruedas. A mí me apuñalearon en la espalda en un bus y como casi me perforan un pulmón estuve una semana en el hospital. Yo me sentía mal de ver a mi madre llorar y solo pensaba en el desquite.

Cuando me dieron de alta, fuimos con mis bróderes a vengarnos y hubo un enfrentamiento como de media hora en el que murió un chavalo del otro bando. Hubo una redada de la Policía y fui detenido con otros ocho de mis amigos. A la fecha he caído seis veces preso y todas las veces han sido experiencias feas porque en las estaciones uno se encuentra con los traidos y ahí dentro te quieren fregar.

En esa época tuve una novia que me decía que dejara las vagancias y los vicios, pero no le hice caso porque la calle me llamaba, los bróderes me llamaban y para mí era más importante andar en los pleitos, consumiendo drogas y robando, aunque después me sentía mal por hacerle daño a la gente.

Mi novia me dejó al ver que yo no cambiaba y yo pensé que no importaba, pero entonces me volví más nefasto porque ella me sostenía un poquito, y empecé a robar el doble de lo que hacía antes y a consumir más drogas.

Cuando cumplí los 17 llegó una psicóloga del CEPREV al barrio y comenzó a darnos charlas y a invitarnos a los talleres. La primera experiencia fue “tuani”, me gustó lo que nos decían de la violencia intrafamiliar porque era lo que yo había vivido con mi padre. Eso me ayudó a reflexionar y a perdonarlo, porque él para entonces se había vuelto cristiano y estaba arrepentido de lo que nos había hecho.

Yo le tenía un odio feo a mi padre, pero con los consejos que me dieron pude hablar con él y decirle que nos olvidáramos del pasado y tratáramos de ser una familia diferente. Ahora mi papá ya no nos da maltrato, ya no tiene vicios y a veces me lleva a la iglesia con mi madre.

En el CEPREV me dieron una beca para aprender barbería y empecé a trabajar en el Mercado de Mayoreo, cortando cabello. Me siento “tuani” porque no tengo necesidad de andar robando y he estado pensando en poner mi propia barbería.

Mi vida ha cambiado mucho porque me siento feliz con mi trabajo y mi familia. Lo que más me costó fue dejar las drogas porque con la marihuana yo sentía como pollo los frijoles, me daba hambre y comía rico. Cuando la dejé ya no sentía el mismo apetito, no dormía bien y sentía feo andar en blanco, pero después ya no me hizo falta. Ahora cuando pienso en los tiempos en que consumía me da lástima de mí mismo, porque no tenía control sobre mi vida.

Mi barrio también ha cambiado. Con el trabajo del CEPREV, la mayoría de los jóvenes se han retirado de las pandillas, muchos ahora trabajan y estudian, antes los pleitos eran bien seguido, y ya tiene rato que no hay enfrentamientos. Mi madre está alegre porque ya no le doy problemas y yo me siento bien de que ella no sufra como antes.

A nosotros nos decían que las pandillas no dejaban nada bueno, que solo íbamos a conseguir la cárcel, el hospital o el cementerio y nosotros nos burlábamos, pero ahora sé que eso es verdad porque yo mismo estuve a punto de acabar en el cementerio”.

 

(La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio).