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El año recién pasado se caracterizó por conflictos de todo tipo en Asia, Europa y África --diplomáticos, armados, comerciales, internos--, y hasta de amenazas de ataques nucleares, como en la península coreana.

Lo confortante es que los países latinoamericanos se portan muy bien. Y si ha habido crisis interna en algunos, estas han sido superadas o están siendo superadas. De ellas, se destacan la continuación del diálogo entre las FARC y el gobierno colombiano, y las intenciones de Cuba y Estados Unidos de restablecer relaciones.

Moros y cristianos se han sentido optimistas con las iniciativas de Washington y La Habana para dialogar de manera directa. Y aunque haya desafectos e incrédulos, hay una nueva determinación para iniciar una era diplomática “cordial y cooperativa”.

Nadie puede predecir qué más sucederá en nuestra región.

Aunque todo indica que la crisis económica causada por los precios colapsantes del petróleo, puede originar conflictos políticos mayores en nuestra región. Así, el precio del barril de petróleo ha pasado de los 120 dólares, a menos de 60, en tres meses. En este sentido: Venezuela, México, Ecuador, Perú y Bolivia serán más vulnerables. En política, las crisis económicas causan desestabilización.

Ciertamente, hay otros países que producen petróleo en menor cantidad, como Argentina o Colombia. Pero, estos podrán más fácilmente ajustarse; sus economías no dependen enteramente del combustible fósil.

Brasil es una excepción. Recién descubrió gigantescas reservas. A la vez que tiene matrices generadoras de biocombustibles.

Sin embargo, los más afectados podrían ser México y Venezuela. Es cierto, México no es un país mono dependiente del petróleo; pero su iniciativa para abrirse a la inversión extranjera en la producción, lo puede poner en aprietos.

Si hubo grandes manifestaciones y protestas en las calles de toda la república mexicana por la desaparición de los 43 normalistas, ¿cómo no se alzarán los ciudadanos comunes, cuando vean que su industria líder (nacionalizada en 1938 por el presidente Lázaro Cárdenas), se abra a compañías extranjeras para iniciar nuevas exploraciones o ponerse al día tecnológicamente en el procesamiento del petróleo?

Los mexicanos en sí son muy nacionalistas. Y este sentimiento tendrá mucha incidencia para acicatear protestas ciudadanas de aquellos más resentidos o afectados por las medidas del gobierno priísta de Peña-Nieto.

Por otro lado, Venezuela sí está umbilicalmente atado a su mono producto. Y las bajas de precios llevaron al Presidente Nicolás Maduro a tomar medidas duras debido a la recesión en la que entró la economía venezolana.

Desde luego que en un país donde se constriñe la producción libre, se ataca al sector privado y se quiere suplantar el sistema creador de riquezas por el socialismo incierto, las probabilidades de salir adelante son mínimas. Entendiéndose que quien gobierna no cree que los opositores puedan ayudarle a solucionar la crisis. Más aún, quiere hacerlos desaparecer.

Los países divididos difícilmente superan sus crisis.

Así, Venezuela será probablemente el país que mayores crisis enfrente en la región, no solo porque los precios del petróleo han cortado las esperanzas de expandir las ideas de la revolución del siglo XXI, sino porque sus gobernantes tienen dividido al país entre revolucionarios y reaccionarios.

El punto es que mientras México no antagoniza con los Estados Unidos o la Unión Europea, Venezuela sí lo hace, aduciendo que su revolución es un modelo de autodeterminación que los países occidentales deben respetar.

¿Tiene posibilidades Venezuela de salir de su crisis, si sus mayores aliados --confrontados ideológicamente a Washington-- como Rusia o China, tienen en sí problemas para extenderle la mano a un estado distante, dividido y que vende un petróleo que los rusos tienen o que los chinos pueden conseguir más barato, de mejor calidad y más cerca?

Ecuador está mejor que Venezuela, porque Correa, economista de profesión, ha encarrilado la economía, sin enfrentar con aspereza a sus opositores. Y es el único aliado que le podría dar una mano a Venezuela.

Cuba, Bolivia o Nicaragua, los otros socios del ALBA, no podrían hacer lo mismo por la hermana Venezuela, enfrentada entre sí, y cuyo gobierno asume que para salir de la pobreza hay que despojar de sus recursos a los pudientes, y repartir a manos llenas todo entre los desposeídos. Pero Robin Hood no sabe de economía. Mucho menos con un régimen obcecado en construir una dictadura.

Lo bueno de las crisis es que los que tienen amigos, las pueden sobrevivir. Pero los que viven enfrentados a todo el mundo, nunca ven una salida que no sea culpando a sus propios adversarios.

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