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El apreciado periodista Guillermo Cortez Domínguez, con buena intención, publicó un artículo en El Nuevo Diario del domingo 14 de diciembre, explicando su convicción de que ante la necesidad de escoger entre la vida de la madre y la del niño, debe optarse por la de la madre y abortar al niño. Sin embargo, el periodista no sabe -ni tiene obligación de saberlo por no ser su especialidad- que nunca se da una situación en que sea necesario practicar un aborto para salvar la vida de una madre. O sea, que él ha sido víctima y –sin quererlo- caja de resonancia de quienes manipulan la sensibilidad humana ante la hipotética situación de que se condene a morir a una madre por no practicarle un aborto; situación

que jamás se da.

Cuando peligra la vida de una mujer embarazada, nuestras leyes -y la moral cristiana- permiten hacer todo lo necesario para salvarla, aunque en ese esfuerzo se produzca un aborto no intencional o el fallecimiento del bebé, pues sería un resultado no buscado ni deseado y por lo tanto no es condenado ni penado. Por ejemplo, si una mujer tuviese cáncer y quedara embarazada, se le puede administrar todo el tratamiento necesario contra ese cáncer, aunque el tratamiento ponga en riesgo la vida del bebé que podría llegar a fallecer. Pero se tratará de salvar a la madre y al bebé, y existen antecedentes de bebés que nacen y sobreviven a pesar del tratamiento recibido por la madre. La solución no es abortar intencionalmente, ir directamente contra el bebé, pues este no impide que ella reciba la atención médica necesaria. Debe procurarse salvar a los dos, aunque se priorice la madre.

Otro ejemplo sería la eclampsia (presión muy alta que puede padecer una mujer a causa del embarazo). La solución no es matar al bebé practicando un aborto, sino realizar un parto prematuro -aunque lo más tarde posible- tratando de salvar a la madre y al bebé, y si el bebé prematuro no sobrevive, al menos se hizo lo posible para salvarlo. Una vez que la madre ha dado a luz, la eclampsia desaparece.

Es absolutamente falso que existan abortos “terapéuticos” (¿curar matando?), y es absolutamente falso que nuestras leyes penalicen salvar la vida de una madre si en el esfuerzo se perdiera involuntariamente el bebé. Manipular los sentimientos de las personas con el fin de influir en la despenalización del aborto llamado “terapéutico” es una campaña que no cesan de impulsar las organizaciones abortistas. La defensa de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural no obedece solo a la fe religiosa que profesamos los cristianos -católicos y evangélicos- y creemos en la necesidad de proteger la vida de los bebés en el seno materno; se fundamenta en principios científicos y en principios éticos universales como el derecho a la vida. En un Estado laico, no luchamos por valores confesionales, sino por principios universales.

¿Por qué engañar y manipular los sentimientos de las personas afirmando que se condena a muerte a las mujeres por no despenalizar el aborto? ¿Por qué mentir diciendo que se trata de escoger entre la vida de la madre o la del bebé, cuando no es así? Simplemente por el dinero que está de por medio o por caer en el engaño. Las organizaciones abortistas reciben financiamiento de gobiernos europeos que no quieren más niños tercermundistas y de empresas millonarias que hacen del aborto un jugoso negocio que deja ganancias incalculables en productos farmacéuticos, clínicas abortistas y otro tipo de empresas.

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