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2014 dejó, nuevamente, negro récord de muertos en accidentes. Casi 700 víctimas mortales, en este país de 6.2 millones de habitantes, 520,000 vehículos, 3,000 kilómetros de carreteras pavimentadas.

España, con 47 millones de habitantes, 32 millones de vehículos, 165,800 kilómetros pavimentados sufrió, en 2014, 1,131 muertos en accidentes similares.

Entre uno y otro país hay 450 víctimas de diferencia, aunque el número de vehículos circulando sea de 600 a uno.

España sufre un muerto por cada 28,300 vehículos; Nicaragua, uno por cada 765. España, un muerto por 41,600 habitantes; Nicaragua, uno por 9,000 habitantes. Con igual siniestralidad que Nicaragua, en España perecerían 45,900 personas cada año.

Poseemos uno de los mayores índices mundiales de accidentalidad vial, constituyendo una pavorosa tragedia humana y una anual catástrofe económica. Sin contar heridos y discapacitados.

Las cifras no son, simplistamente, resultado de diferencias país rico-país pobre. Más que de dinero, es problema de acciones, seguridad y educación vial.

Exigir conductores con mayores niveles de pericia está a nuestro alcance. También lo están programas educativos y mayor seguridad vial en carreteras y ciudades.

Retirar de circulación vehículos en mal estado no requiere dinero, sino decisiones. Los conductores son los primeros responsables. También el Estado.

Al Estado corresponder preservarnos 24 horas de conductores imprudentes. Reparar vías, señalizarlas correctamente e incrementar la seguridad vial.

Dada la atroz tasa de mortalidad, el drama humano y el daño económico, es asunto de salud pública. Que demanda impostergables políticas públicas.

az.sinveniracuento@gmail.com