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Sin pretender ser excesivamente crítico, cuando uno recorre las calles de esta ciudad, la palabra caos, definida esta como “desorden o confusión absolutos”, no podría explicar cabalmente lo que ha llegado a degradarse su casco urbano.

Es que quien desee verdaderamente observar la desidia, la inacción, el absurdo, así como la impunidad, el lujo y violencia con que los mal llamados “comerciantes” han trocado sus vías principales, tendrá material para varios tomos sobre “autoridades paralíticas” o “administraciones inexistentes”.

En un país donde llamar a las autoridades a asumir correctamente su rol es ya una materia de la más pura ficción, por eso no me ocupo de mencionar siquiera a quienes esta responsabilidad pudiera corresponder, ya que el sentido de gerencia de nuestras ciudades no tiene ya nada que ver --en nuestra surrealista condición-- con proyectos, mejoramientos, iniciativas, y mucho menos, de respeto por los derechos ajenos; el concepto del “otro” o del “prójimo” es algo que dejó de tener significado para quienes deberían cumplir mínimamente la Ley de Municipios y su reforma, No. 40 y 261, siendo esta normativa muy seguramente, un documento que debe ser seguramente desconocido por sus administradores.

La salvaje “favelización” de sus calles sin que ninguna autoridad regule o reubique a estos mercaderes, hace que los derechos de los otros sean pisoteados, obligando al resto de ciudadanos a que circulen riesgosamente toreando los diversos tipos de vehículos que los amenazan con atropellarlos.

El parque central, convertido en un refugio de indigentes, supera a los peores tugurios imaginables, donde alcohólicos y otros grupos marginales afean y acosan al paseante, es también una de las “perlas negrísimas” de esta otrora bonita ciudad.

Los toldos de las empresas telefónicas, que abusivamente no les basta con entorpecer la libre circulación de las personas, instalan brutales altoparlantes con centenares de

watts de salida, triturando inmisericordemente cualquier asomo de tranquilidad de los vecinos, son también muestras de la complicidad diaria de todas las mal llamadas autoridades, quienes tienen leyes precisas como la 559, de Delitos Ambientales, pero que en una muestra más de creatividad burlesca, solamente proceden ante solicitud de parte, jamás de oficio, siendo esa condición la que precisamente las mantiene en vacaciones perpetuas y sin efectividad alguna, haciendo que cualquier derecho ciudadano sea inexistente, ya que primero usted tiene que ir a sufrir el calvario y gasto de hacer una acusación que le va a desgastar, tanto al inicio, como al final, con una predecible impunidad.

Es paradójico observar que los mismos derechos consignados en una ya olvidada Constitución Política son atropellados, pateados y escupidos por las mismas autoridades, quienes ostentan ese nombre, pero cuya actuación es la exacta antítesis de ese término.

 

@carflom