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Como libro del mes de Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano 106 (julio, 1969) se publicó mi investigación sobre el movimiento de Vanguardia. Se trataba de la segunda que acometía, tras el “Panorama de la Literatura Nicaragüense / De Colón a finales de la Colonia” (1966) y después que Pablo Antonio Cuadra me había entregado, en carácter de préstamo indefinido, el álbum de recortes de la página vanguardia (1931-32). Casi tres años duraron esas pesquisas que incluyeron la consulta de fuentes primarias: diarios y revistas de la época en el Archivo General de la Nación y en el bufete del abogado Luis Pasos Argüello, visitas por un tiempo a Luis Alberto Cabrales y un viaje a Las Brisas (Los Chiles, Costa Rica), donde pontificaba José Coronel Urtecho; un cuestionario al expoeta y comerciante Octavio Rocha, más la lectura de La Reacción y ‘Ópera bufa’ en la oficina de la Publicidad de Nicaragua.

No me fue muy grata, sin embargo, la publicación de este trabajo juvenil en el que me empeñé con mucho entusiasmo. Un pariente, a quien nunca había tratado, adquirió numerosos ejemplares del número 106 de la citada Revista Conservadora para extraer su libro del mes, adherirle una cubierta celeste y exportarla a universidades estadounidenses que la solicitaban. Al enterarme de esa pequeña fechoría, visité a su ejecutor en la Librería Cultural Nicaragüense para reclamarle; pero ni siquiera tuvo la gentileza de recibirme. Tampoco mi libro fue bien acogido por Pablo Antonio, uno de los protagonistas del movimiento literario y político, cuyos antecedentes propulsores, desarrollo y significación puntualizaba. Reconocía sus aportes. Pero cierta dosis crítica a sus acciones políticas no agradó a Pablo Antonio, según La Prensa Literaria del 30 de noviembre de 1969. El poeta esperaba un mayor desarrollo de los aspectos literarios y resentía el juicio de un novato. Yo me atreví a responderle al maestro de 57 años, sin argumentos válidos, en la misma publicación periódica. Pero esa controversia no alteró en nada nuestra amistad ni interrumpió mi discipulaje.

Naturalmente, envié ejemplares de la revista 106 a Stefan Baciú en Honolulú y a Carlos Molina Argüello en Sevilla. El primero me escribió: “Su ensayo sobre la Vanguardia me lo envió el estupendo Luciano Cuadra; es uno de los mejores trabajos que he leído, muy profundo, y a veces algo polémico. Ojalá pueda tener cada país del Istmo un Arellano. ¡Lo felicito!”. Y el segundo consignó en carta del 18 de diciembre de 1969: “Tus trabajos me gustan mucho y ya era tiempo que surgiera esa historia de una época que nos venía pisando los talones. Se necesitaba el cronista y ya lo hemos encontrado. En buena hora cuando aún bebemos y comemos con los personajes”.

En uno de sus libros de texto, Róger Matus Lazo resumió mi investigación, contribuyendo a difundir el conocimiento que había sistematizado. Lo mismo hizo el guatemalteco Francisco Albizúrez Palma en su obra sobre la poesía centroamericana (1988). Para entonces, ya había ampliado su contenido y mejorado su redacción en la tesis doctoral que elaboré en 1985 y defendí en julio de 1986, en la Complutense de Madrid. El tribunal de rigor le otorgó la máxima calificación cum laude. Y en agosto del mismo año merecía el premio del Instituto de Cooperación Iberoamericana, en el área de letras, como la mejor tesis de las presentadas en España ese año por graduandos extranjeros.

De esa exhaustiva disertación académica extraje un estudio crítico: “Entre la tradición y la modernidad/El Movimiento Nicaragüense de Vanguardia” (1992), publicado por Libro Libre en San José, Costa Rica, mejor estructurado que la investigación escrita, cuando frisaba en los 21 y 22 años. De este título se ocuparon Claire Pailler, el Handbook of Latin American Studies y Ralph L. Woodward. También Luis Sainz de Medrano, en su historia de la literatura hispanoamericana (1989), registró su versión original en forma de tesis. Más aún: el tercer capítulo, aparecido en Cuadernos Hispanoamericanos 468 (junio, 1989), fue publicado por Merlin H. Foster en su “Bibliografía y antología crítica de las vanguardias literarias (Madrid, 2001). Igualmente, lo reseñaron las ticas Magda Zavala y Seidy Araya.

Pero mi investigación inicial (la aparecida en 1969) la aprovecharon al máximo en sus respectivas obras los especialistas Hugo Verani (1982), Jorge Schwartz (1991), Giuseppe Bellini (1993) y Klaus Muller-Bergh (2000). Como se ve, mis horas consagradas a la vanguardia nicaragüense no resultaron vanas.