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La masacre perpetrada la mañana de este miércoles en París por personas plenamente identificadas como musulmanes, y que se saldó con doce personas muertas, diez de ellas ligadas a la revista satírica Charlie Hebdo, dejó una vez más al descubierto las desazones de una religión que si bien sigue ganando muchos adeptos a nivel mundial, no infunde el respeto y el amor que se supone son los basamentos de todo culto.

Pues al contrario de toda lógica, lo que se ha provocado con estos ataques terroristas es la generalización de una islamofobia que ha crecido desmesuradamente y de forma instantánea nomás saberse de los asesinatos metódicamente ejecutados con una pericia de enorme factura inhumana. Incluso, se pudo observar cómo uno de los atacantes remata en el suelo a un policía que levantaba sus manos en señal de rendición. No hubo clemencia.

La imagen es muy perturbadora, y quizá la que más estupor causó una vez que se difundieron los vídeos de vigilancia y de testigos que filmaron el hecho en pleno centro de París, cuando la gente apenas se desperezaba después de Navidad. El acto simplemente no tiene justificación alguna, a pesar de que muchos musulmanes han tratado de excusarla por el hecho de que el islam prohíbe las ofensas a Mahoma o Alá.

Es como si los cristianos decidiéramos acabar con la vida de quienes se mofan o blasfeman contra Dios. Algo improbable por tres razones: porque la vida es inherente al ser humano; porque iría contra uno de los preceptos del cristianismo, y porque en este mundo, el derecho de las personas para expresarse libremente ha sido vindicado y respetado incluso por los más terribles regímenes. Pero ahora tres sujetos, en nombre de millones de respetables musulmanes, arrodillaron a todo el orbe cometiendo la más cruel demostración de su fe.

Hace varios años entrevisté al sheij Moahmed, en ese entonces el máximo representante del islam en Nicaragua. El hombre, alto y corpulento, de grandes ojos cafés y piel clara, mucho antes de que le preguntara algo me recreó la visión musulmana de la creación del mundo, me dijo --con su voz enmarañada-- que cristianismo e islamismo tienen muchos puntos de coincidencia. Luego del diálogo me quedé un poco impresionado por los preceptos de esta religión, tan apegada a su fe, tan respetuosa, tan cercana a la mía.

Pero este miércoles el islam para muchos tiene significado de fanatismo bárbaro, pues de lo único de que fueron culpables los periodistas y caricaturistas muertos en Francia, es de haber usado su derecho a ejercer su libertad de expresión sin temor. Y de creer que como ellos el resto del mundo respetaría esa libertad, sin importar que su trabajo periodístico lidiase con la fe de muchas personas, ya que la revista es irreverente por sus caricaturas que ridiculizan a personas y religiones, pero encima de todo, lo fundamental es la adhesión al principio del respeto de las ideas de los otros, incluso si esas ideas agravien mis creencias.

El 31 de diciembre conversaba con un cristiano evangélico al que había prejuzgado como fanático vehemente de su doctrina, pero en el transcurso de las dos horas de plática con él, me quedé asombrado por su sencillez de exposición y por las palabras de sosiego y humildad que me dirigió. A pesar de que tenemos dogmas distintos, al final nos pusimos de acuerdo en algo, orar siempre por lo que creemos. Muy distinto de lo que propusieron al mundo este miércoles los tres musulmanes que traicionaron su fe.