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Entre China y Rusia, las relaciones económicas ya no son únicamente un asunto político fácilmente manejable por los dirigentes, sino algo que afecta y concierne a centenares de miles de actores privados, comerciales o empresariales, regidos por sus propios intereses y experiencias, sin que la política intervenga mínimamente en ello, aunque estén muy nacionalizadas.

Existe una mala reputación de los rusos en China y viceversa que define muchas decisiones, pero tal como evoluciona la correlación de fuerzas entre ambos países, prácticamente los rusos están en una posición más expuesta: la decisión de dar o no créditos a empresas es casi exclusivamente facultad unidireccional de chinos hacia rusos.

La posición rusa hacia los negocios con China, se intensificó por las sanciones occidentales que privan a sus negocios de créditos, posibilidades y compras en Occidente.

Los empresarios chinos, saben que sus socios rusos carecen de alternativas y se aprovechan dictándoles condiciones, lo cual justifica la prevención rusa. Sobre tales factores, tendrán que ubicar los límites estructurales de la gran relación económica en tres ámbitos: financiero, tecnológico y energético.

El sector financiero ruso es muy dependiente e interconectado con la globalización. China no está en condiciones de sustituir los flujos financieros de Rusia con Occidente, por lo menos a corto y medio plazo. Los créditos chinos, no podrán suplantar todo ese tráfico crediticio y accionarial que conecta a las empresas y negocios rusos con Londres o Nueva York.

China no puede compensar la demanda de flujos energéticos, pues no es alternativa sino complementaria al suministro de gas ruso a Europa. A largo plazo, Asia Oriental quizás puede llegar a serlo, pero actualmente países como Corea del Sur y Japón, presionados por Washington, tienden a sumarse a la disciplina de las sanciones, o al menos no la contradicen congelando sus tratos con Moscú, por lo que la apuesta geopolítica se concentra en China como única opción. La falta de alternativas diversificadoras en Asia, da más poder a Pekín, único gran cliente frente a Moscú.

En el plano tecnológico, es dudoso que China resulte proveedor alternativo para Rusia en toda una serie de importantes ámbitos resueltos en el mercado occidental, lo que complica el escenario del bloque ruso-chino; considerando que para Moscú, el conflicto que Occidente provoca en Ucrania es irreversible. Vladimir Putin, no puede retirarse de Crimea sin exponerse a un descrédito nacional que resultaría fatal para su poder.

Enfrentar al agresivo entrismo nort-atlántico en Ucrania, última frontera de Rusia, era una cuestión de vida o muerte para Moscú, pero tal desafío supone pagar un alto precio; las sanciones son el castigo a ese atrevimiento que lanza un mensaje ejemplarizante a otros BRICS.

La política de Angela Merkel, implica retrocesos y garantías de neutralidad en Ucrania, imponiendo una fórmula de paz antipática para los norteamericanos, por lo que las dificultades de Rusia van para largo.

Es impredecible qué pasará en el mundo en veinte o treinta años, pero probablemente el 2015, seguirá siendo un año de infame guerra en Europa, en el frente ucraniano. Continuará la lenta descomposición de la Unión Europea, y en tal contexto, esperar una política exterior audaz de Alemania o Francia parece ilusoria.

Rusia está acorralada en su última frontera y en una frágil posición, sin que la relación con China pueda llegar a compensar la pérdida, es un país que habrá que observar detenidamente desde ahora.

El presidente de Francia, François Hollande, afirmó que “si se avanza a propósito del conflicto en Ucrania, deberán levantarse las sanciones occidentales impuestas a Rusia”. Este 15 de enero, el mandatario asistirá en Astana (Kazajistán) a una reunión sobre el conflicto en el este de Ucrania, entre el poder central y los separatistas prorrusos. En esa reunión anunciada por el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, estará también su homólogo ruso Vladimir Putin y la canciller alemana Angela Merkel.