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Muchos libros de Relaciones Internacionales traen en sus portadas tableros de ajedrez. Las comparan con un juego lleno de estrategias complejas, dificultades analíticas solo entendibles a los conocedores con una destreza desarrollada a interpretar a futuro los movimientos de los adversarios.

Por su conducta o posiciones en el tablero mundial, léase sistema internacional, se asimilan a diversos actores internacionales con las piezas de ajedrez. Este juego básicamente se divide en tres tiempos. La apertura, el medio juego y la final. Hay muchos tipos de sistemas de aperturas y de defensa. Lo importante de estos sistemas es que son estrategias que desde su primer movimiento procuran lograr la final esperada.

Una de estas es la apertura española conocida por su elaborador como “Ruy López”; donde las blancas inician con el peón del rey trasladándolo a la columna “e”, fila número 4 o (e4) como se abrevia. Las piezas negras responden igual hasta (e5). Posteriormente las blancas mueven su caballo hasta (f3) tratando de atacar desde ya al peón de las negras. (Un ataque entendible pero provocador). Las negras también mueven su caballo hasta (c6) en defensa de su peón. La tercera jugada estratégica, oculta, que realizan las blancas es atacar con el alfil blanco al caballo, que recién han sacado las negras.

Un ataque aparentemente simple y hasta equitativo, pues en su intento el alfil será también aniquilado. Si las negras no visualizan como desde aquí, ellos perderían todo el juego, es porque no entienden lo peligroso de la apertura.

Los especialistas en esta carrera, aunque no están obligados, por lo menos deberían conocer los principios básicos de este juego.

Regresando al tema de las aperturas, pero esta vez en el marco de las relaciones Habana-Washington muchos vemos siniestros propósitos por parte de la Casa Blanca.

Por suerte, la administración cubana no es amateur en estos juegos y más con su adversario de siempre, que es mucho más poderoso. Entre maestros del ajedrez político, cada movida puede responderse no solo con contra-movidas ya esperadas, sino con un sistema (estrategia) propio que desmonte los planes ocultos de quien abrió el juego primero y que hasta lo obligue a modificar la estrategia con la que llegó.

Los espectadores (analistas – especialistas internacionales) tratan de darle seguimiento al juego y no ubican en el intento de su pronóstico estratégico al estadista como posible factor determinante de victoria. Más bien, centran la atención en la sociedad, la nación y el Estado.

Se requiere entonces de construir como tarea un modelo. Que proporcione información estratégica sobre las imposibilidades que los factores arriba mencionados por sí solo generan y que influyen en la estabilidad del País, y a los que deberá entonces hacerle frente el Estado. De lograrlo, las movidas del objeto analizado dentro del modelo son distinguibles.

Escribe Cinthia M. Grabo, analista de la inteligencia militar norteamericana en su obra (Anticipándose a la Sorpresa. Análisis para la Alerta Estratégica) que “la percepción de los objetivos y prioridades del adversario, es el sine qua non de la alerta”.

En el caso del modelo construido por los norteamericanos sobre Cuba es harto conocido y de ahí que aunque sus futuras movidas son pre-visualizadas, no dejan de ser peligrosas para la isla. Y no es que caigamos en el fatalismo. Es simplemente dimensionar lo que expresa George Friedman de Stratford: “Muchos ven como derrotas militares norteamericanas aquellos ataques que políticamente han solo tenido como objetivo llevar el caos”. Siendo así, podríamos responder a la interrogante inicial.

El análisis estratégico es complejo, tedioso, pero procura la alerta en función del pronóstico estratégico. El problema aquí es ¿quién puede y quiere construir el modelo?