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“Ya no hay espacio, ¿dónde van a acomodar a esa gente?”, el ayudante responde: “Ellos necesitan transportarse como usted”, la mujer insiste: “¡es una barbaridad lo que hacen!”, el hombre dice: “si está incómoda, bájese, le regresaré el pasaje”, ella refunfuña, otros murmuran o guardan silencio, otra afirma: “¡con estos imprudentes las desgracias no ocurren porque Dios es grande!”

Voy en un microbús interurbano. El vehículo, cuya capacidad según el fabricante y la circulación extendida por Tránsito debe ser de quince pasajeros (incluido conductor), lleva, por la banca adicional detrás del chofer, veinte (incluido ayudante), se detiene para subir a cuatro adultos y dos niños, los que irán de pie, en el incómodo espacio pagarán como todos igual tarifa, “por generosidad del transportista”. El microbús continúa con veintiséis personas a bordo, 73% más que su capacidad, ante la irresponsabilidad, el insuficiente control y regulación, la impotencia de los usuarios que por necesidad abordan estos medios en la ruta Managua-Masaya-Granada-Carazo.

No soy usuario frecuente del transporte interurbano, en pocas ocasiones, por distracción personal, cuando no quiero manejar para aprovechar el tiempo leyendo, he abordado estos microbuses en ambas direcciones, por afición, no por obligación. A pesar de las pocas veces durante el último año, “para muestra un botón”, deduzco que lo común es que --por lo que veo afuera y he vivido adentro--, que los pasajeros están obligados a tragarse sus reclamos. ¿Quién regula, controla y los atiende?

Comparto lo observado. Muchos usuarios se han acostumbrado, guardan silencio ante sus incomodidades, lamento que haya quienes lo justifican o vean normal lo inaceptable. Tanto el Ministerio de Transporte como la Policía tienen una obligación ineludible. Los ciudadanos requieren que su voz “no se la lleve el viento”.

Los usuarios son víctimas pero también, pueden ser culpables del desorden. Cuando esperan en la parada, no siempre acostumbran hacer fila, cuando la demanda es mayor, al acercarse el primer vehículo, se amontonan desesperados y empujan para ocupar un espacio. Dentro, no siempre respetan al otro. Las paradas, ¿Dónde están? La gente las conoce por costumbre, no están rotuladas, falta señalizar cuáles son las rutas que allí paran, ¿Cómo hace el turista para orientarse?

Los microbuses llevan cualquier cantidad de personas, bajan y suben a pasajeros en cualquier lugar --a pesar de ser buses expresos--, sin detenerse a la orilla de la vía, no respetan horarios, la velocidad depende del conductor temerario, el estado mecánico no importa, a veces el vehículo tira humo negro y los de afuera y de adentro, lo tienen que inhalar, como sus reclamos, para intoxicarse. No atienden las regulaciones de Tránsito, algunos se mofan de “cómo evadirlas”. Con todas estas prácticas defectuosas, los riesgos para los pasajeros, los peatones y otros conductores, son altos, a pesar de eso, las tragedias, en relación con las irresponsabilidades, son pocas, como dijo José de la Cruz Mena, leproso, al ser premiado su vals Ruinas: “¿Te das cuenta, qué bueno es Dios con nosotros?”

Es un problema de regulación, control, responsabilidad, educación y actitud. Asunto a lo que lamentablemente nos acostumbramos, porque las instituciones no ven suficiente ni con efectividad y los usuarios, ante “lo irremediable”, guardan sus disgustos por necesidad. Los transportistas de estas rutas en general --hay excepciones-- no ven al pasajero como un cliente que paga el servicio y requiere ser atendido con respeto, piensan que le hacen un favor, muchos usuarios así lo creen y, a pesar de los atropellos, “lo agradecen”. Ahora, que Roberto Gómez Bolaños ha muerto y Chespirito no volverá, ¿Quién podrá defendernos?

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