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Confieso que cuando muy joven escuché la frase “La religión es el opio de los pueblos” -la cual aunque no es de Marx, sino muy anterior a él, pero por citarla se le atribuye- pensé ingenuamente que estaba ante alguien que, por blasfemo, de seguro se había ido al infierno.

No obstante, una vez que los años me curaron la enfermedad de la juventud, creo haberla entendido –pienso– que en su dimensión práctica, y la frase no deja de martillarme repetidamente en estos días, cuando aún está fresca la sangre de los 12 –casualmente el mismo mítico número–de los caricaturistas del semanario Charlie Hebdo, hoy día, los apóstoles de la necesaria irreverencia.

Este crimen absurdo, de naturaleza orwelliana -en donde los asesinos proclaman que la vida es la muerte, que la violencia es la paz, que la estupidez es la razón, que el más puro amor es a balazos- es un acto canalla que hiere a todas las personas que creemos firmemente en el imperativo de la libertad de expresión, en la irreverencia como un recurso positivo para asegurar nuestra propia cordura, como individuos y sociedades, de asirse a la realidad ante tantos absurdos que surgen globalmente de cualquier fuente de dominio, potestad o autoridad.

La brutal y cobarde masacre de estos críticos sociales –artistas necesarios–no debe hacer de ellos, mártires dolorosos, sino héroes verdaderos, más vivos y presentes que nunca, apóstoles inmortales del cuestionamiento, del formidable poder crítico de la irreverencia que debe fustigar todos los poderes, obsequiando un regalo crítico independiente, mordaz –indudablemente–para determinar si una cultura otrora tan rica y gloriosa, abundante en invenciones, desde las más avanzadas matemáticas, arquitectura y medicina, acaso quedó extraviada en la edad media ante una religión que predica exactamente contra sí misma con estos actos criminales de sus miembros.

La irreverencia, la exposición a un posible ridículo afrenta solamente la mente de aquellos que tienen un fundado temor de efectivamente estar viviendo un absurdo, pero su reacción desemboca no en cuestionarse la posible utilidad reflexiva del supuesto agravio, sino en responder de forma atroz violando el máximo derecho universal como es la vida humana.

Es una muestra enciclopédica de cobardía anteponer el primitivo argumento de la “dignidad de las religiones” como excusa velada para justificar estos crímenes de odio cometidos contra personas indefensas. Deben verse simplemente como lo que son, expresiones de una filosofía trasnochada y nihilista que avanza como metástasis, y que como promesa y bandera tiene la eliminación de la sociedad a como la conocemos, asesinando a quienes no comparten una fe absurda, retrógrada y opuesta a los más elementales y protegidos valores de una civilización.

¡Yo también soy Charlie Hebdo!

 

@carflom